X CONGRESO INTERNACIONAL DE ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA
Teruel, 14-17 de Septiembre de 2010
MENTE Y CUERPO.
PARA UNA ONTOLOGÍA DEL SER HUMANO
COMUNICACIONES
Sección comunicaciones 1A
“Antropología filosófica e Historia de la Antropología”
Coords.: Elena Monzón (Univ. Sevilla); Jacinto Choza (Univ. Sevilla); Juanjo Padial (Univ. Málaga).
19,30 h. – 21,30 h.
Salón de Actos Vicerrectorado
Vicent Ballester García (Universitat de Valéncia)
En
el presente trabajo, se plantea un somero repaso a la significación del
concepto de alma o psique tal como es
entendida en la obra de Cornelius Castoriadis. La filosofía de Castoriadis se
inserta en la reflexión en torno a la problemática del sentido, y se puede
considerar como un esfuerzo por desarrollar un proyecto de autonomía que supere
las limitaciones de las propuestas kantianas. Su obra combina aportaciones del
psicoanálisis acerca de la elucidación de la estructura del sujeto, con una
antropología filosófica que postula la imaginación como facultad productora de
sentido, más radical que la propia racionalidad. Esta antropología, que
considera indisociables lo psíquico y lo social-histórico, conlleva una filosofía
de la praxis, que aspira al desarrollo de una subjetividad reflexiva y
deliberante, en un marco social e histórico superador de la clausura propia de
las sociedades heterónomas. En ese sentido, apuntaremos algún aspecto problemático
que genera la reflexión de Castoriadis, especialmente en lo que respecta a su
noción de autonomía y su forma de abordar el problema del sentido.
El modo de ser de la
psique
El
núcleo filosófico de la propuesta de Castoriadis se articula en torno a una crítica
de lo que él llama la “ontología heredada”, es decir, cualquier metafísica
esencialista que entienda el ser como ser determinado, y todo lo fenoménico
como categorizable. Esta concepción ontológica parmenídea, supone la admisibilidad lógica de todo lo
efectivamente existente e incluso de todo lo que pueda ser pensado, y tiene como axiomas los principios
de identidad, de contradicción, y de tercero excluido. Esa lógica, que es
denominada por Castoriadis lógica
conjuntista-identitaria o ensídica,
no agota sin embargo todo el ser de la psique. El elemento más radical, más
definitorio de la psique humana, anterior y condición para cualquier lógica, es
la capacidad de representación. Una
capacidad que muestra su complejidad en el sentido de que cada representación
remite a una infinidad de representaciones. Esto se puede constatar (como Freud
desarrolló en La interpretación de los
sueños) en lo inconsciente: hay una remisión de la parte al todo siempre
abierta, y que por tanto no se puede reducir a la lógica ensídica[1].
Pero este modo de ser de la psique
también se puede observar en lo consciente: No
podemos decir cuántos elementos (…) hay “en” una representación; ni tampoco qué
hace que una representación sea una
representación. No podemos aplicarle
a las representaciones el esquema fundamental de la división[2].
Esta esencia representativa de lo psíquico se observa claramente en el lenguaje
(y con él en todo el mundo humano) como totalidad siempre abierta de significaciones.
Así, junto
a la lógica ensídica, existe según Castoriadis una lógica a la que denomina “magmática”,
como fuente potencial siempre de nuevas significaciones que la mente humana es
incapaz de agotar. La psique es pues un magma de representaciones, siempre
objeto de una posible reinterpretación, de una nueva escritura, de una nueva
creación.[3]
La
representación, por otra parte, va siempre vinculada, de manera indisociable, a
otros dos vectores de la vida psíquica: el afecto y la intención o deseo. Podríamos
suponer ejemplos en que una representación “aislada” causara cierto deseo, el
cual a su vez provocara un afecto (placentero, por ejemplo). Sin embargo, tal “causalidad
lineal” valdría sólo para ciertos momentos triviales de la vida consciente, o
en general para el comportamiento animal. Pero en la psique humana todo es más
complejo: no es posible separar ni ordenar representación, afecto y deseo. Y
para explicar esto Castoriadis apela de nuevo a una hipótesis de inspiración
psicoanalítica, que remite a nuestros orígenes en el seno materno: la “mónada
psíquica”. En ese primer estadio psíquico cualquier deseo que pudiera
presentarse está satisfecho de manera inmediata: nada existe fuera del sujeto, que se experimenta a sí mismo como fuente
de placer o como capaz de dar cumplimiento a ese placer.[4]
El recién nacido es para sí mismo “el mundo”, pues “el objeto” (de deseo, y por
tanto de afecto y representación) no es un objeto separado: La mónada “organiza” la experiencia del
placer, no “con un objeto”, sino en tanto que experiencia total –
totalitaria, completa, absoluta – de un estado.[5]
La fase monádica no dura,
naturalmente, mucho tiempo, pero dejará su impronta en el resto de nuestra
existencia. Nuestra psique busca retornar a ese estado de plenitud ilusoria, de
falso cierre de sentido. La clausura de la mónada será rota por el desplacer
provocado en parte por la necesidad somática (el hambre, por ejemplo) pero
sobre todo por la presencia del “otro”. Ahí surgirá la necesidad de “dar
sentido” a ese desplacer (que procede de “afuera”), y eso será el origen de
toda búsqueda de sentido. El proceso de socialización será vivido como un
proceso violento, aunque necesario. Para poder sobrevivir, el individuo deberá
romper la clausura de la etapa monádica, y eso será desagradable, pero al
tiempo permitirá al sujeto experimentar un nuevo placer, el placer de la
representación, que paulatinamente irá desplazando al placer del órgano.
Si bien
en algunos animales superiores podemos encontrar “esbozos de representación”
durante la fase de desarrollo y aprendizaje, en ello siempre domina su “objeto
pulsional canónico”, es decir, su instinto. En el ser humano, en cambio, no hay
tal determinación instintiva, y así la figuración del objeto representativo de
la pulsión es arbitraria o contingente. Cuando representamos algo, ese algo está
siempre en lugar de otra cosa, todo está mediatizado por tanto por la
representación, y ése es el mecanismo esencial de nuestro psiquismo.
Cuerpo-Alma e
Imaginación radical
Por otra
parte, la pulsión tiene su origen en lo somático pero, para poder actuar sobre
la psique, es necesario que “hable el lenguaje” de la psique, que encuentre una
traducción en el plano psíquico, y esta traducción es la “representación”.
Ésta es
la razón por la que la lógica ensídica considera un enigma la problemática
filosófica cuerpo-alma. Porque intenta concebirla desde el esquema
causa-efecto, como si fueran dos
entidades separadas en las que, de acuerdo a las opciones del teórico, una sería
“causa” y la otra “efecto”.[6]
Hay que entender psique y soma desde la complejidad que las hace ser separables
e inseparables al tiempo. Son inseparables: porque el alma depende del cuerpo
(las lesiones físicas o la ingesta de drogas provocan cambios anímicos obvios),
porque el cuerpo depende del alma (como en los movimientos voluntarios o en las
llamadas enfermedades psicosomáticas). Pero al tiempo son separables: porque el
cuerpo no depende del alma (en tanto que hay mecanismos fisiológicos de mi
cuerpo ajenos a mi voluntad), porque el alma no depende del cuerpo, como en los
casos de la resistencia al dolor o a la tortura, pero sobre todo, porque
desde el nacimiento la psique gira en torno a sí misma[7].
La lógica
ensídica nos obliga a ordenar el mundo en seres, cosas, y por eso buscamos los
vínculos causales entre alma y cuerpo, por ejemplo. Pero la psique/soma, según
Castoriadis, responde a la lógica magmática como ola o flujo incesante de
representaciones, afectos y deseos.
En el
psiquismo animal la representación está definida rígidamente por el instinto y
es, por tanto, funcional. De hecho, dice Castoriadis, todo ser viviente está
regido por la lógica ensídica, que se concreta en una inmensa red de sí/no, atracción/repulsión, aceptación/rechazo, y
según una interminable categorización de lo “dado”. (…) En esa medida es
posible calificar en gran parte al simple viviente como una suerte de autómata
conjuntista-identitario.[8]
En todo caso, aquí “autómata” no tiene un sentido necesariamente peyorativo,
significa “lo que se mueve por sí mismo”, y precisamente por esa capacidad
dispone no sólo de un “sí mismo”, sino sobre todo de un “para sí”, es decir, de
una conciencia (en el sentido más general). La conciencia es por tanto siempre
representativa, pero ni siquiera para el simple viviente es un mero calco del “mundo
externo”. Al viviente se le “presenta” cierta información que él sólo reconocerá
en la medida en que tenga la disposición a hacerlo, y de esa manera se puede
decir que crea información para él. Podemos decir pues que existe
cierta estructura subjetiva que permite dar forma (in-formar) a aquellas
cualidades (sonidos, colores…) que el ser viviente reconoce. Así, el viviente
configura imágenes, y nunca hay imagen sin puesta
en relación.[9]
Naturalmente, en el caso del animal, esa imaginación elemental y la lógica que
la acompaña están fijas y supeditadas a la funcionalidad. Por ello, ese mundo
creado existe en la “clausura”. Pese a la cual el animal, el ser animado, tiene
alma. Y la tiene porque dispone de su determinación fundamental, que es la
imaginación. Aunque, como hemos dicho, tal representación se limite a la mera
funcionalidad.
Frente a
ello, precisamente el psiquismo humano se caracteriza por la no funcionalidad: lo imaginado, lo representado – tanto
a nivel consciente como en el inconsciente – no está determinado por una
funcionalidad biológica.[10] El ser humano, dice Castoriadis, es un
ser radicalmente inepto para la vida,
pero esa falta de funcionalidad le ha permitido una ruptura en la evolución psíquica del mundo animal. El flujo de
representaciones, afectos y deseos, propio del ser magmático que es todo ser
viviente, se desarrolla en el ser humano como “creación”, y con ello
imposibilita cualquier determinismo, constituyéndonos como sujetos singulares. Es
lo que llama Castoriadis “imaginación radical”[11],
la cual se halla en el origen de lo que llamamos “racional”[12]
, pero también y sobre todo de una imaginación libre y desfuncionalizada,
creativa. Al crear, el ser humano hace emerger lo que ni está dado ni se deriva
necesariamente a partir de lo dado. Éste es el poder de la imaginación, que va
mucho más allá de ser una mera capacidad de combinar elementos ya dados (por
ejemplo por la percepción).
El alma nunca piensa
sin fantasmas.
Castoriadis
considera que el concepto “imaginación” ha sido relegado tradicionalmente en la
historia de la filosofía. Por una parte, la “imagen” (eikon) se concebía por la ontología tradicional como copia de la
cosa (aunque esa “cosa” fuera inmaterial, como en el caso de las ideas platónicas).
Y por otra parte, el planteamiento parmenídeo enfrentaba “verdad” (ligada al logos y al nous) frente a “opinión” (ligada a las impresiones sensoriales o a
los productos de la imaginación). Esta perspectiva excluía la phantasia, es decir lo que se nos aparece
o lo que nos parece, por entender que estaba vinculado a la doxa.
Y estos prejuicios dominaron prácticamente durante toda la historia de la
filosofía.
Sin
embargo, algunos filósofos vislumbraron otras consideraciones sobre la
imaginación. Así, Aristóteles, distingue dos sentidos de phantasia. Por un lado, el sentido habitual de la tradición, como
imaginación imitativa, reproductiva o combinatoria (sentido que Castoriadis
llama “imaginación segunda”). Pero frente a ella, plantea Aristóteles en el libro
III de De anima un sentido muy
distinto, como fuente de creación, y sin la cual no puede haber pensamiento o
que tal vez precede a cualquier pensamiento: “Y para el alma pensante los fantasmas son como sensaciones… Por eso el
alma nunca piensa sin fantasmas”.[13]
La phantasia genera fantasmas, es
decir, creaciones que no se pueden reducir a sensaciones, pero que son como sensaciones, que no son
pensamientos (noemas) pero sin los
que tampoco parece que pueda haber pensamiento.[14]
Castoriadis identifica este sentido de imaginación con su idea de “imaginación
radical”. Queda claro sin embargo que ni el estagirita ni la tradición
posterior abordaron esta imaginación creadora que el texto De anima parecía sugerir.
Y algo
similar pasa en la obra de Kant, quien distingue entre la imaginación como
perteneciente a la sensibilidad, por una parte, y por otra la imaginación
trascendental como poder de hacer aparecer representaciones, es decir, de hacer
ser lo que no es realiter (según la
realidad de la ciencia física). Sin embargo, Kant no puede desarrollar esta
distinción por las propias limitaciones de su sistema: en primer lugar, porque
opone la receptividad de las impresiones (pasividad, que no es propia de la
imaginación) a la espontaneidad de los conceptos. Para Castoriadis tal oposición
es errónea porque de hecho nunca hay puras “impresiones” (se trata de un
artefacto filosófico-psicológico): es la imaginación quien da forma específica
a algo que “en sí” no existe, como los colores, los sonidos, las cualidades
secundarias en definitiva, que son creación de la sensibilidad (y por tanto de
la imaginación radical). Y respecto a la “imaginación trascendental”, si bien
Castoriadis reconoce que se plantea como fuente del esquematismo trascendental
(que hace posible la mediación entre categorías y datos sensoriales), sin
embargo, está sometida a las exigencias del edificio kantiano, el cual, dicho
brevemente, sigue sometido a los requisitos del “conocimiento verdadero”. Kant
no ve o no puede ver la función creadora de la imaginación; dicho de otro modo,
la suya sería una imaginación que no “imagina”.
El imaginario social
instituyente
La
Filosofía, por tanto, ha reducido la imaginación a pura reproducción; pero si
fuera así estaríamos obviando que la espontaneidad es una característica propia
de la imaginación, que nunca es meramente pasiva. La espontaneidad imaginante está desde el principio y es responsable de la forma y de la puesta en
relación de las impresiones[15].
La imaginación radical del sujeto contiene ya los gérmenes de lo lógico, es
anterior por tanto a la formación de conceptos.[16]
La apercepción de la mismidad se
halla ya en el psiquismo animal; pero en el caso del psiquismo humano se hace
posible la ruptura de la clausura, el paso de la señal al signo, el simbolismo,
la aparición del lenguaje, el elemento fundamental y definitivo en la
hominización. Aparece así la conciencia
de mismidad, que supone la capacidad de ver una cosa en otra que no tiene
ninguna relación con lo que ella “representa”.
Y esa
arbitrariedad del lenguaje conduce a Castoriadis a postular un desarrollo
exclusivamente humano de la imaginación radical: el imaginario histórico-social. Porque el ser humano es psique, pero al mismo tiempo y de manera
indisociable es un ser social-histórico.[17]
El lenguaje nos muestra ese imaginario histórico-social en acción: por un lado
introduce la dimensión de la lógica ensídica (necesaria para la funcionalidad
social), y por otro una dimensión propiamente imaginaria.[18]
Este
imaginario histórico y social es denominado imaginario
social instituyente, y es una de las propuestas más osadas de Castoriadis:
postular la capacidad de imaginación creativa de los colectivos humanos supone
enfrentarse al supuesto filosófico según el cual el pensamiento es un atributo
del sujeto individual[19]
La
sociedad es una totalidad de instituciones unidas gracias a un magma de significaciones sociales
imaginarias. La sociedad ha generado el lenguaje, y sólo mediante el lenguaje
es posible el pensamiento, que además es esencialmente histórico. La psique,
por sí misma, no basta para que haya pensamiento y reflexión; es necesario el
proceso de socialización, que nos constituye como individuos. Por eso dice
Castoriadis que no hay oposición entre
individuo y sociedad: el individuo es una creación social (…) La verdadera
polaridad es la polaridad sociedad / psique[20],
que son irreductibles entre sí y realmente inseparables.
Autonomía y búsqueda
de sentido
Y en este punto es necesario recordar el
postulado psicoanalítico de la “mónada psíquica”: la ruptura con el estado monádico
original (de “clausura”) es vivida como violencia por la psique, impuesta por
su relación con los otros. La mónada pues siempre tenderá a encerrarse en sí
misma, mientras que la socialización le permitirá primero el acceso a la “realidad”
y la “lógica” y después una cierta recuperación del “sentido”. En la medida en
que la sociedad ofrezca una nueva clausura, en este caso por las
significaciones sociales (religiosas por ejemplo), el individuo tendrá la ilusión
de recuperar parte de su estado monádico. Pero ese estado es claramente heterónomo.
Esta es la razón por la que la mayor parte de sociedades sólo han generado
imaginarios heterónomos. Pero también es cierto que en determinados momentos de
la historia, algunas sociedades han hecho posible la ruptura de la clausura[21],
desarrollando lo que Castoriadis llama la “subjetividad reflexionante y
deliberativa”. Ésta es la condición para la autonomía humana (psíquica y
social), que debe venir de la mano de la filosofía y de la política. Para
Castoriadis, la búsqueda de la verdad
supone la autoactividad, el autocuestionamiento, la ruptura de la clausura. Y
sin esta idea de verdad estaríamos desgarrados entre el relativismo absoluto
(de cada sujeto encerrado en su propia clausura) y la idea de un sistema definitivo y concluso, que sería la clausura de
todas las clausuras.
La
filosofía de Castoriadis se inscribe pues en el proyecto de autonomía de la
modernidad. Si bien se trata de una autonomía fuera de los márgenes
establecidos por la filosofía de Kant u otros modelos racionalistas, ya que el
elemento creador que Castoriadis establece de manera radical supone algo que,
por su propia naturaleza, escapa en buena medida a la racionalidad (aunque
también la hace posible). Castoriadis plantea, desde la antropología filosófica,
la necesidad de buscar la lucidez respecto a la historia, respecto al mundo
propio (social) y también respecto a nuestro propio deseo (psique). En eso
consiste la autonomía, en constante autocreación siempre inmersa en lo magmático.
La
propuesta de Castoriadis nos sitúa pues ante el reto de superación de la
heteronomía, pero al tiempo, ante el temor de que las creaciones de esos
imaginarios (heterónomos) que invitan a la clausura, sean al final más poderosos,
y que la mónada acabe imponiendo su exigencia e impidiendo la apertura de
sentido.
El ser
humano no es un animal racional, es un animal loco, pero precisamente esa
locura puede hacer posible una racionalidad creadora[22].
Gracias a ello, la Filosofía, cuando permite poner en cuestión las creaciones
sociales e históricas, y la Política, cuando permite crear un ágora que impida que cada individuo se
encierre en su clausura, son el marco de una autonomía posible:
…un nuevo tipo de individuo: la subjetividad
reflexionante y deliberante, crítica y lúcidamente abierta a lo nuevo, que no
ahoga las obras de la imaginación – la suya o la de los otros –
sino que es capaz de recibirlas críticamente, de aceptarlas o de rechazarlas.[23]
Bibliografía
Brotons,J., “Cornelius
Castoriadis”, en Claves de Razón Práctica
nº 131, abril 2003, pp.80-81.
Castoriadis, C., El ascenso de la insignificancia, Cátedra-Universitat
de València, València, 1998.
Castoriadis, C., Figuras de lo pensable, Cátedra-Universitat
de València, València, 1999.
Castoriadis, C., Hecho y por hacer. Pensar la imaginación, Eudeba, Buenos Aires,
1998.
Castoriadis,C., La institución imaginaria de la sociedad, 2, Tusquets, Barcelona,
1989.
Castoriadis, C., Los dominios del hombre, Gedisa,
Barcelona, 1998.
Castoriadis,
C., Les carrefours du labyrinthe, Editions du Seuil, Paris, 1978.
Franco, Y., Magma:
Cornelius Castoriadis: psicoanálisis, filosofía, política, Biblos, Buenos Aires, 2003.
Vera, J.M., Castoriadis, Del Orto, Madrid, 2001.
[1] En el ámbito de lo inconsciente observaba Freud una “madeja de pensamientos del sueño que no se
deja desembrollar”. Esta madeja se puede “desembrollar”, al menos en parte,
mediante el “proceso asociativo”, que permite predecir dónde llevarán al
paciente las asociaciones y de qué modo lo harán. Pero algunos de esos
pensamientos quedarán sin desenlace. Castoriadis se basa en esto para negar el
determinismo que se atribuye a Freud, pues no todos los sueños son
interpretables, y ningún sueño es del todo interpretable.
[2] Castoriadis, C., Hecho y por hacer, p.174.
[3] Más aún, esto
supone, ontológicamente, que “lo real” es fundamentalmente indeterminado, y que
no hay ni puede haber fundamento último de ningún conocimiento, pues toda
demostración supone en última instancia algo indemostrable. Esto no provoca en
la filosofía de Castoriadis, en todo caso, ni irracionalismo (la lógica ensídica
es siempre necesaria) ni simple relativismo (que no haya “significación final”
no implica que no podamos desentrañar el sentido de nuestras creaciones).
[4] Castoriadis, C., Figuras de lo pensable, p.240. Castoriadis observa en el estado de
mónada psíquica lo que Freud llamaba “omnipotencia mágica del pensamiento”: en
el inconsciente, basta con que aparezca un deseo para que éste quede realizado
en y a través de la representación. Así pues, la omnipotencia que vivimos en
nuestro estado de mónada psíquica es la que se manifiesta después en nuestro
inconsciente, y que hace inseparable deseo, afecto y representación (también en
los aspectos más complejos e importantes de la vida consciente).
[5] En la frase de Freud Ich bin die Brust, “Yo soy el
seno”, Castoriadis observa las raíces del egocentrismo absoluto del
psiquismo humano.
[6] Castoriadis,C., Hecho y por hacer p.177.
[7] Castoriadis, C., Figuras de lo pensable p.273. Es la idea de mónada psíquica. En este texto utiliza también los ejemplos de la
anorexia del bebé o incluso del autismo como muestra de aislamiento de la
psique en los primeros estadios de la vida.
[8] Castoriadis,C., Hecho y por hacer p. 305
[9] La
imaginación primera, originaria, radical, poder de presentación, es por eso
mismo poder de organización. Una organización que le permite crear su propio mundo,
un mundo propio. (Hecho y por hacer p.307)
[10] Castoriadis, C., Figuras de lo pensable, p.234.
[11] La
psique humana se caracteriza por la autonomía de la imaginación, por una
imaginación radical: no se trata simplemente de ver – o de verse –
en un espejo, sino también de la capacidad de dar forma a lo que no está ahí,
de ver en algo lo que no está presente. (Ibid. p.232).
[12] Para Castoriadis,
lo que hace del hombre un hombre no es su ser razonable o racional. La
racionalidad, en tanto que lógica operante o funcional, se halla en todo ser
viviente, y si hablamos de las formas superiores de esa lógica, como la matemática,
sólo puede avanzar si se imagina, si se
inventa (Castoriadis, C., El ascenso
de la insignificancia, p.111).
[13] Aristóteles, De anima III, 7, cit. en Castoriadis, C., Los dominios del hombre p.152.
[14] “Y por eso si uno no sintiera nada, no podría aprender ni comprender nada; y
por eso cuando uno piensa (theorei) es al mismo tiempo necesario contemplar (theorein) algún fantasma, pues los fantasmas son
como las sensaciones, pero sin materia. Y la imaginación es otra cosa que la
afirmación y la negación; pues es un complejo de noemas la verdad o el error.
Pero, ¿qué diferenciará entonces los primeros noemas de los fantasmas? ¿O bien
habrá que decir que no son fantasmas pero que tampoco están sin fantasmas?” (Aristóteles, De anima 431 a 14 – 432 a 14, cit.
en Castoriadis, Los dominios del hombre p.153).
[15] Castoriadis, C. , Hecho y por hacer p.284.
[16] De hecho, los animales no necesitan los
conceptos para reconocer que un ser u objeto es el mismo en varios instantes (mismidad de la representación). Es la imagen o la representación entendida como
genérica, a saber, la capacidad del sujeto, sea hombre o animal, de ver en
dicha representación cambiante, en el seno del flujo heracliteano de lo dado, lo
mismo. (Castoriadis, C., Ibid. p. 285).
[17] “No es
la psique la que puede crear el lenguaje; tan sólo lo recibe, y con él la
totalidad de significaciones imaginarias sociales que el lenguaje contiene y
posibilita” (Castoriadis, C., El ascenso de la
insignificancia p.112.)
[18] “...puesto
que en y por el lenguaje se dan las significaciones imaginarias sociales que
mantienen cohesionada una sociedad: tabú, tótem, Dios, la pólis, la nación, la
riqueza, el partido, la ciudadanía, la virtud o la vida eterna” (Ibid.).
[19] La
filosofía y el pensamiento no pueden existir sin lenguaje (…) Pero cualquier
idea de una producción primordial, individual o “contractual” del lenguaje
entraña un absurdo histórico y lógico. El lenguaje es la creación espontánea de
un colectivo humano (Castoriadis, C., Hecho
y por hacer, p.312).
[20] Ibid. p.313
[21] Castoriadis considera dos momentos históricos
en que esto se ha producido: la Grecia clásica del ágora democrática, y la
Europa Occidental Moderna (al menos de 1800 a 1950).
[22] El
hombre no es un animal racional, como afirma el viejo lugar común. Tampoco es
un animal enfermo. El hombre es un animal loco (que empieza por estar loco) y
que, también por esto, se convierte o puede convertirse en racional. El esperma
de la razón está también contenido en la locura integral del primer autismo. (Castoriadis,C.,
La institución imaginaria de la sociedad.
Cit. en Brotons, J., “Cornelius Castoriadis”, Claves de Razón Práctica nº 131, abril 2003, p.80).
[23] Castoriadis, C., El ascenso de la insignificancia, p.119.