X CONGRESO INTERNACIONAL DE ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA
Teruel, 14-17 de Septiembre de 2010
MENTE Y CUERPO.
PARA UNA ONTOLOGÍA DEL SER HUMANO
COMUNICACIONES
Sección comunicaciones 6B
“Antropología del cuerpo y las emociones”
Coord. Oliva López Sánchez (Universidad Nacional Autónoma de México)
9,30 h. – 11,30 h.
Sala de Juntas Vicerrectorado
Rubén Benedicto (Universidad de Zaragoza)
I
El presente texto se plantea las posibilidades que
poseen las emociones para unir lo que los dualismos antropológicos han separado
a lo largo de la historia del pensamiento. ¿Pueden ser las emociones el puente
de unión entre el cuerpo y la mente? ¿Pertenecen las emociones al cuerpo o son
el resultado de la actividad mental? ¿Si son fruto de nuestra mente, son, por
así decir, únicamente erupciones irracionales, o constituyen parte del propio
raciocinio de los seres humanos?
Para investigar estas cuestiones partiremos de la
teoría de Martha Nussbaum sobre esta cuestión analizando sus rasgos
fundamentales desde una perspectiva crítica.
Hay en Martha Nussbaum una antropología del cuerpo
y las emociones explícita en su descripción de la naturaleza de la persona y en
su concepción de la vida humana. Habida cuenta que nuestras más potentes
reflexiones éticas y políticas dependen de las razones que justifican los bienes
humanos a los que asignamos un valor superior, y que esta atribución de valor
obliga a adentrarse en cuestiones antropológicas sobre la persona y su relación
con los otros, el trabajo de Nussbaum hace explícito una definición del ser
humano en la que se destacan sus características específicas para, después,
delimitar los márgenes en los que puede discurrir una «vida buena».
Su teoría antropológica se vincula a un ideal eudaimonista adaptado a la modernidad
que recupera la importancia del hábito, la práctica, la educación y el trabajo,
en el ámbito de los afectos y experiencia humanos, para el desarrollo de una
vida floreciente. En síntesis, su concepción de la «vida buena» describe
aquellas esferas del desarrollo y aquellos objetos del mundo a los que se les
atribuye un valor intrínseco, asumiendo que, al menos, ciertas cosas y personas
que escapan al control del agente humano poseen un valor real. Es en este marco
cuando su investigación concede singular importancia a las emociones para el
razonamiento moral, en tanto expresan la vulnerabilidad constitutiva de los
seres humanos y desvelan objetos de valor. Las emociones son el resultado del
estado de apertura del ser humano hacia aquellos objetos que considera valiosos
y que escapan a su completo control, revelando sus limitaciones pero también
los recursos con los que cuenta el ser humano para desenvolverse en un mundo de
conflictos y azar.[1]
La
estrategia de Nussbaum consiste en defender una «teoría cognitivo-evaluadora de
las emociones».[2] Esta teoría expone
que las emociones, en primer lugar, son, como gusta definirlas a Nussbaum
tomando las palabras del escritor Marcel Proust, «levantamientos geológicos del
pensamiento»[3].
Por lo tanto, ya desde su planteamiento inicial, Nussbaum se aleja de aquellas
teorías que conciben las emociones como «energías o impulsos de carácter animal
sin conexión alguna con nuestros pensamientos, figuraciones o valoraciones».[4]
En su concepción las emociones son «cognitivas», es decir, están imbuidas de
inteligencia y discernimiento sobre los objetos que nos rodean. Y, además, son «evaluadoras»,
porque encierran un pensamiento «sobre la relevancia o importancia de dicho
objeto».[5]
Pero antes de proseguir debe hacerse una
advertencia sobre esta manera de entender los impulsos emocionales; y es que hablar
de la emociones en términos de cogniciones-evaluadoras no implica afirmar la
existencia de ningún tipo de cálculo o cómputo; al contrario, sentir una emoción
supone abrirse al valor de cosas que existen fuera de los propios sujetos y, en
cierta medida, abandonar el objetivo del control absoluto sobre nosotros mismos
y lo que nos rodea. Esta diferencia es fundamental a la hora de encarar la
concepción del razonamiento que desarrolla Nussbaum, porque aquellas teorías
que reducen el razonamiento a cálculo de intereses o a un análisis de tipo
coste-beneficio destacan el ideal de autocontrol despreciando la vulnerabilidad
constitutiva de los seres humanos, mientras que, por el contrario, asumir esta
posición implica aceptar que «al menos ciertas cosas y personas fuera del
propio control tienen un valor real».[6]
Ahora bien, no se trata de asignar a las emociones
una confianza privilegiada, o de negar la posibilidad de error en sus
atribuciones de valor, sino de admitir el papel esencial que desempeñan en
nuestro sistema de razonamiento. No obstante, mantener esta concepción supone
enfrentar ciertas objeciones que paso a resumir a continuación.
En primer lugar, deben rebatirse las teorías que
caracterizan las emociones a modo de fuerzas ciegas e irracionales sin ninguna
conexión con nuestro pensamiento. A lo largo de la historia, en ocasiones se
han asimilado las emociones a algo físico, puramente corporal e incontrolado,
como la sudoración o el parpadeo. De hecho, la teoría cognitiva-evaluadora de
las emociones es atacada porque no parece considerar en su justa medida todo
cuanto resulta confuso e ingobernable en la vida de las pasiones.[7]
Si aceptamos esta descripción, consideraremos las emociones movimientos
irracionales de dudosa fiabilidad que disminuyen la libertad del agente y
nublan su buen juicio. Y este es el motivo por el que diversas teorías apuestan
por extirpar las emociones de la vida humana, porque se supone que comprometen
demasiado la dignidad del agente al mostrar nuestra vulnerabilidad hacia
objetos que no controlamos plenamente.
En segundo lugar, y en conexión con lo anterior, debe
salvarse la objeción que atribuye a las emociones un carácter parcial y
tendencioso que amenaza la objetividad e imparcialidad que deben orientar
nuestras vidas. Las emociones sólo pueden servir de apoyo a una razón que es
independiente de éstas y que debe dirigir por sí misma la toma de decisiones. En
este caso, los adversarios de la teoría cognitivo-evaluadora de las emociones se
apoyan en su ambivalencia para desecharlas como facultades de razonamiento
desplegando su argumentación del siguiente modo: muestran que las emociones
parecen determinarse por la ambivalencia hacia su objeto, que en su origen conviven
en ellas el amor hacia personas y objetos que los individuos necesitan para
vivir y desenvolverse, con el rencor que nace del reconocimiento hacia la
dependencia de esas personas y objetos que no se controlan plenamente; y
concluyen que las emociones también pueden impulsar malas acciones. Así las
cosas, los adversarios de la teoría cognitivo-evaluadora apuestas por las más
impersonales reglas del deber asegurando que son más fiables que unos impulsos
apremiantes que tienden a «apoderarse de la personalidad e impulsarla a la acción
con una fuerza arrolladora».[8]
Examinemos estas objeciones con atención.
II
A menudo, las emociones son vistas como algo
corporal derivado de una parte «animal» de nuestra naturaleza, como energías
irreflexivas que manejan a las personas independientemente de la forma en que éstas
conciben el mundo. Y, aunque sea cierto que toda experiencia humana se encarne
y, en ese sentido, toda emoción constituya un proceso corporal, lo que pretende
erróneamente esta consideración que destaca el aspecto «corporal» de las emociones
es despojarlas de cualquier vinculación con el pensamiento inteligente.
Es verdad que una explicación apropiada de la
experiencia emocional admitirá la parte incomprensible, impetuosa e
involuntaria de la emoción. Pero las emociones no pueden identificarse con
apetitos corporales como el hambre o la sed porque, para empezar, una emoción
dada no determina un estado corporal concreto.[9]
De hecho, incluso la ausencia de sensaciones corporales no determina la inexistencia
de emoción.
En primer lugar, lo que distingue a las emociones
de los impulsos naturales es que tienen objeto, es decir, que son acerca de algo. Por ejemplo, la
identidad del temor depende de que tenga un objeto, si no se convierte en un
mero temblor o en un pálpito del corazón, y entonces sí deberíamos admitir que
no existe ninguna conexión con el pensamiento.
En segundo lugar, este objeto posee un marcado carácter
intencional: esto es, «figura en la
emoción tal como es percibido o interpretado por la persona que la experimenta.»[10]
Por consiguiente, la emoción depende de la propia forma de percibir e
interpretar los objetos que nos rodean; es algo activo, aunque pueda estar
dirigida a un objeto inexistente.[11]
Y, en tercer lugar, si lo que define la emoción no
es tanto la identidad del objeto, sino la forma de percibirlo, entonces las
emociones se sostienen sobre creencias,
a menudo muy complejas, acerca de los objetos. De hecho, el mismo objeto puede
provocar miedo, aflicción o compasión, según las creencias que se posean acerca del mismo. Y sólo un examen
reflexivo sobre los propios pensamientos permitirá discriminar entre estas
emociones. Sin embargo, las teorías que identifican sin más las emociones con
impulsos irracionales aíslan las emociones de las creencias negando que los pensamientos formen parte de aquéllas.
Por último, debe considerarse que es necesario que
el objeto hacia el que está referido la emoción se halle investido de algún
tipo de valor o importancia para la persona que lo contempla; en caso
contrario, el no podría provocar ninguna emoción. Esto implica que los objetos
se consideran importantes porque se vinculan al esquema de metas para el
florecimiento del sujeto. Por eso, para Nussbaum su teoría cognitivo-evaluadora
de las emociones se asocia a una teoría eudaimonista
que responderá a la pregunta sobre qué significa una vida humana plena.
A este respecto, debe señalarse que la forma en la
que se relaciona la emoción con los propios planes y objetivos no es
instrumental ni egoísta, porque las emociones, muchas veces, nos reclaman y nos
vierten hacia objetos con independencia de nuestra propia satisfacción
personal. Las emociones nos remiten a «bienes externos»[12],
en el sentido de que esos bienes se retraen a nuestro control completo. Por
supuesto, esto implica admitir cierta pasividad ante el mundo y aceptar nuestra
propia vulnerabilidad. Sentimos emociones porque cosas, que consideramos
importantes del mundo y no controlamos plenamente, nos afectan.
Quisiera detenerme ahora en el modo en que la emoción
se relaciona con la creencia y señalar
que ésta es una relación compleja. A menudo se argumenta en contra de la
vinculación entre emoción y creencia. Por ejemplo, parece que podemos seguir
sintiendo temor en situaciones particulares ante los perros, aunque nuestras
creencias generales sobre los perros hayan dejado de considerarlos peligrosos. Sobre
esto cabe esgrimir que, aunque en la práctica puedan hallarse casos
particulares como el apuntado, sabemos que, en realidad, cambiar una creencia
requiere mucha atención y cuidado, toda una vida de autoexamen, y todavía en
este caso debemos reconocer que podemos fracasar. Ahora bien, lo verdaderamente
relevante para la exposición que nos ocupa consiste en admitir que, aunque las
emociones sean dependientes de las creencias, éstas pueden ser verdaderas o
falsas. Las creencias pueden ser erróneas o infundadas, y entonces las
emociones que se sostiene sobre ellas se hallarán desajustadas en relación con los
objetos que las provocan. Esto suele deberse «a que la persona posee una visión
sesgada del objeto, considerándolo más o menos importante de lo que es en
realidad».[13]
Lo cierto es que los adversarios de la teoría
cognitivo-evaluadora de las emociones enfocan este asunto como si se tratara de
una contienda entre la parte emocional e irreflexiva, por un lado, y la parte
racional que es la única capaz de evaluar y concebir pensamientos filosóficos,
por otro lado. Descripción inadecuada cuando lo que sucede, en realidad, son
oscilaciones y perspectivas cognitivas cambiantes que son el reflejo «de las
acuciantes pugnas de la razón consigo misma relativas nada menos que a cómo
configurarse la vida».[14]
Dicho de otra manera, esta desproporción entre el objeto y la emoción se
percibe sólo a la luz de lo que se considera realmente importante para el desarrollo
de una vida humana plena, pero en la definición de lo que significa vida humana
plena, juegan un papel esencial las propias emociones de las personas generando
un enriquecimiento del pensamiento provocado por esta agitación misma.
En este terreno Nussbaum recoge las investigaciones
empíricas de Damasio y otros[15]
que establecen la relación entre el funcionamiento sano de un área particular
del cerebro y el desencadenamiento de los procesos emocionales que permiten la
toma de decisiones moralmente ajustadas. Este hecho es muy relevante porque
muestra las relaciones entre emociones y facultades cognitivas.
III
En
resumen, la emoción sirve para efectuar estimaciones evaluativas de los
objetos. Pero el mundo exterior no afecta directamente al sujeto, sino que la
evaluación se relaciona con el propio esquema de fines y objetivos en el mundo.
Además, estas evaluaciones sugeridas por la emoción son dependientes de creencias
que pueden ser exactas o inexactas y, en todo caso, susceptibles de ser
modificadas a través de la enseñanza. Es necesario que se explique esto último.
Un
aspecto que diferencia a las emociones de los apetitos es que las emociones se
dirigen hacia un objeto de una manera flexible, al contrario que los apetitos
que, por así decir, quedan fijados a su objeto. Por ejemplo, el amor, si carece
de objeto de una determinada especie, puede encontrar satisfacción en otro
objeto. Esto significa que las emociones, al menos hasta cierto punto, son
modificables en función de las creencias, y las creencias son, obviamente,
susceptibles de crítica y modificación a través de un proceso de enseñanza y
aprendizaje.
Lo que
resulta confuso en la teoría cognitivo-evaluadora de Nussbaum es que, por un
lado, la emoción sirve para revelar al sujeto objetos de valor, designando un
conjunto de bienes a los que debemos aspirar, pero a la vez se reconoce la
posibilidad de error en la evaluación que emana de la emoción, según éste se
haya erigido sobre una creencia falsa; en ese caso, tendrá que rectificarse la
emoción modificando nuestra concepción de lo que debe constituir objetos de
intensa valoración. Pero, entonces, nos preguntamos: ¿Desde dónde modificamos
la emoción? ¿Cuál es la facultad humana que nos capacita para averiguar el
verdadero valor de los objetos?
Una crítica justa con la posición defendida por
Nussbaum reconocerá el papel que desempeñan las emociones para encaminarnos
hacia la detección de nuestra inevitable vinculación a ciertos objetos y
nuestra legítima aspiración a ciertos bienes, a la vez que no confía plenamente
en la capacidad de la emoción para discernirlos. Dicho de otro modo, las
emociones son una poderosa capacidad del intelecto humano para desvelar objetos
de valor, a pesar de su falibilidad potencial.
Su
exposición identifica la emoción con un «levantamiento geológico del
pensamiento»[16] que se
produce al captar la importancia de cosas y personas que están fuera del
control de la persona. Desde este punto de vista, las emociones son reveladoras
de intuiciones acerca del valor de las cosas y se consideran una capacidad de
acceso al mundo moral. A su vez, Nussbaum muestra que los elementos cognitivos
que están presentes en la emoción permiten a las personas modular su contenido
y también abrirlas a la influencia de las construcciones sociales. La
perspectiva cognitivo-evaluadora de la emoción apunta la posibilidad de que la
emoción misma pueda ser evaluada y alterada en caso de no superar la crítica
efectuada por un examen racional de la emoción.[17]
Esta teoría
sobre la emoción es la que permite a Nussbaum apostar porque las instituciones
políticas y sociales ayuden al cultivo de las emociones morales, y así la
educación emocional se incorpore a la formación de un buen carácter.[18]
Por eso se defiende la creación de instituciones políticas y sistemas legales
que conformen un entorno facilitador del adecuado desarrollo de las emociones
de los ciudadanos.[19] Sobre este
particular, Nussbaum declara su preferencia por instituciones y leyes que
apoyen a los individuos en sus esfuerzos por desarrollar su capacidad de
compasión, amor y reparación, en tanto los considera «bienes primarios» que
cualquier sistema político debe respaldar.[20]
Parece que en la teoría de Nussbaum existe una
circularidad o, al menos, una mutua complementación entre el papel fundante que
desempeñan las emociones para detectar ciertos bienes humanos básicos y la
estructura social que, a través de su influencia en las creencias de las
personas, puede modificar el contenido de las propias emociones. Las emociones
son consideradas una guía para detectar, definir y delimitar, nuestro conjunto
de ideas y creencias sobre qué cosas son importantes en la vida humana. Sin
embargo, dicha tesis queda modificada en tanto se considera que las emociones
deben estar sometidas a una evaluación o examen racional dependiente de ciertas
ideas y creencias sobre lo que ya se juzga que tiene valor en la vida humana.[21]
De hecho, las instituciones deben influir en ese marco de ideas y creencias que
es, a su vez, regulador de las emociones. Por lo tanto, la teoría
cognitiva-evaluadora de las emociones que Nussbaum defiende es, en realidad,
dependiente del marco normativo previo que se establece sobre el florecimiento
humano, y sobre las condiciones materiales y sociales idóneas para su
desarrollo. Reconociendo que en la definición de este marco normativo,[22]
descrito bajo el epígrafe de las «capacidades humanas fundamentales», concursan
las emociones con su enorme poder orientador, lo que deberá ser objeto de escrutinio
y deliberación será el contenido de esta lista de capacidades humanas básicas.
[1] M. Nussbaum, Upheavals of Thought. The Intelligence of
Emotions, Cambridge, Cambridge University Press, 2001 (trad. cast.: Paisajes del pensamiento. La inteligencia de
las emociones, Barcelona, Paidós, 2008), pp. 22 y 43. Posturas similares
pueden hallarse en A. Ben-Ze’ev, The
Subtlety of Emotions, Cambridge, MA, MIT Press, 2000 y en O. H. Green. The Emotions: A Philosophical Theory,
Dordrecht, Kluwer Academic Publisher, 1992.
[2] M. Nussbaum, Upheavals of Thought, p. 23.
[3] M. Proust, A la busca del tiempo perdido, Madrid, Valdemar, 2002.
[4] M. Nussbaum, Upheavals of Thought, p 1.
[5] Ibíd., p. 23.
[6] Ibíd., p. 12.
[7] S. Blackburn,
Ruling Passions, Oxford, Clarendon
Press, 1998, p. 89.
[8] Nussbaum, Uppheavals of Thought, p. 22.
[9] Sobre esta
cuestión véase M. Nussbaum y
H. Putnam, «Changing Aristotle’s
Mind», en M. Nussbaum y R. Rorty (comps.), Essay’s
on Aristotle’s De Anima, Oxford, Clarendon Press, 1992, pp. 27-56.
[10] Nussbaum, Upheavals of Thought, p. 27.
[11] Sobre esta cuestión
véanse: W. Lyons, Emotion, Cambridge,
Cambridge University Press, 1980 (trad. cast.: Emoción, Rubí, Anthropos, 1993); G. Pitcher, «Emotion», Mind, 74, 1965, pp. 326-346; y R. C. Solomon,
The Passions: Emotions and the Meaning of
Life, Indianápolis, Hackett, 1993.
[12] Nussbaum, Upheavals of Thought, p. 42.
[13] Ibíd., p. 56
[14] Ibíd., p. 86.
[15] También Antonhy Damasio
desarrolla le tesis según la cual la distinción razón-emoción es inexacta y
engañosa: las emociones son formas de conciencia inteligente que sirven de guía
interna al sujeto para actuar ante las circunstancias. La investigación de
Damasio confirma los trabajos de Lazarus, Ortony y Oatley: las emociones
proveen a los seres humanos de un sentido que les permite relacionar el mundo
con su conjunto de objetivos y proyectos. Sin ese sentido la toma de decisiones
y la acción se desbaratan. Véase A. Damasio, Descarte’s Error: Emotion, Reason, and the Human Brain, Nueva York,
Putnam, 1994 (trad. cast.: El error de
Descartes, Barcelona, Crítica, 2006).
[16] Nussbaum, Upheavals of Thought, p. 1.
[17] Cfr. Ibíd., p. 172.
[18] Cfr. Ibíd., p. 400.
[19] Respecto a las instituciones públicas
que pueden colaborar para un adecuado desarrollo de las emociones que conlleve
una buena educación moral y cívica, Nussbaum se detiene en la influencia que
ejerce el sistema educativo, los medios de comunicación, los líderes políticos,
el pensamiento económico y el sistema jurídico. Cfr. Ibíd., pp. 425-454.
[20] Ibíd., p.
226.
[21] Su lista de capacidades humanas básicas
se halla en la mayoría de sus trabajos. Véase: M. Nussbaum, «Human
Functioning and Social Justice: In Defense of Aristotelian Essentialism», Political Theory, 20, 1992, p. 222; «Capabilities
and Human Rights», Fordham Law Review,
66, 1997, pp. 297-300; «The Good As Discipline, The Good As Freedom», en David.
C. Crocker y Toby Linden (eds.), Ethics
of Consumption. The Good Life, Justice and Global Stewarship, Nueva York,
Rowman & Littlefield, 1998, pp. 318-319; Sex and Social Justice, Oxford, Oxford University Press, 1999, pp.
41-42; Women and Human Development: The
Capabilities Approach, Cambridge, Cambridge University Press, 2000, pp.
78-80.
[22] El marco normativo adecuado, según
Nussbaum, incluye «el respeto mutuo y la reciprocidad; que debe tratar a las
personas como fines en vez de como medios y como agentes en vez de cómo
receptores pasivos de beneficios; que debe contener una dosis adecuada de interés
por las necesidades de los otros, incluyendo aquellos que viven en sitios
alejados; y que debe tener en cuenta los apegos hacia personas concretas, así
como la consideración de éstas como cualitativamente distintas las unas de las
otras.» Nussbaum, Upheavals of Thought,
p. 12.