X CONGRESO INTERNACIONAL DE ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA
Teruel, 14-17 de Septiembre de 2010
MENTE Y CUERPO.
PARA UNA ONTOLOGÍA DEL SER HUMANO
COMUNICACIONES
Sección comunicaciones 4A
“Antropología filosófica y literatura, en torno al cuerpo”
Coord. Joan Bautista Llenares (Universitat de València)
16,30 h. – 18,30 h.
Salón de Actos Vicerrectorado
Jesús Ezquerra (Universidad de Zaragoza)
1. El cuerpo
del libertino
El gran jurista romano Gayo,
en el libro primero de sus Instituciones, divide a los hombres en libres
y esclavos. Los hombres libres, a su vez, son o bien “ingenuos” (ingenui)
o bien “libertinos” (libertini). “Ingenuos -escribe Gayo- son quienes
han nacido libres; libertinos los que han sido manumitidos de una lícita
esclavitud”.[1] La libertad del
libertino es, por lo tanto, una libertad recobrada, frente a la del
ingenuo, que es ingénita. Es significativo que se llame “libertino” no a
aquel que es libre desde su nacimiento, sino a quien recobra su libertad
a partir de una “lícita esclavitud”. La libertad adquiere sentido en contraste
con su opuesto; como negación de su opuesto . Sólo quien emerge del sueño
tiene pleno derecho a denominarse “despierto” y no el perpetuo insomne. Sólo
quien puede morir puede genuinamente sentirse vivo y no el inmortal. Análogamente,
quien no ha conocido la esclavitud no merece llamarse libre. Se trata
solamente de un ingenuo.
El
ingenuo es el que posee, desde que nace, su cuerpo. Por lo tanto, como legítimo
propietario, lo puede dar. O le puede ser arrebatado. Como todo lo que es suyo.
El libertino, por el contrario, es quien hallándose de entrada desposeído de su
cuerpo, puede recibirlo de otro (de su amo) como un don. El ingenuo es
donante (potencial) de su cuerpo. El esclavo, por el contrario, es receptor
(potencial) de un cuerpo (el suyo) que no es suyo. Este se convierte en
libertino cuando, finalmente, ha recibido ese don.
Tal extrañeza respecto a su
propio cuerpo es una seña de identidad del libertino. Su cuerpo viene del
otro. Es lo otro. La negación de sí.
Estamos ante una situación
análoga a aquella en la que se encuentra el niño en la fase lacaniana del
espejo: “Tú eres eso. Eso que no eres tú”. Para
Lacan el yo es una instancia unificadora. Se construye a partir de esa imagen
ajena, extraña, que vemos en el espejo al final del sexto mes de desarrollo. El
yo en su forma primordial es ese otro que unifica las partes dispersas
del cuerpo del niño. Como escribe Lacan, la autopercepción del niño le “entrega
el cuerpo como despedazado”. [2] En ella tienen su
origen las fantasías de desmembramiento del cuerpo (como la de castración) así
como el instinto de muerte freudiano.[3]
La imagen especular tiene, por lo tanto, una función salvadora de este
estado de miseria original. Esa imagen no sólo
conforma primordialmente el yo sino que lo aliena también de modo
primordial.[4] La identidad alcanzada por la identificación heteromórfica
(mimética) con la imagen especular es, como escribe Lacan, una “identidad
enajenante”.[5] El individuo humano “se fija en una imagen que lo enajena de sí mismo.”[6] Por eso la enajenación, la locura, expresa la verdad del
yo. Decir “soy yo” es decir “soy (es) otro”. Todos somos, por lo
tanto, en cierta medida, un cuerpo
negado. Esclavos de una imagen. El intento de reapropiación, de reconquista
del cuerpo, es lo que nos hace libertinos.
En la obra del Marqués de
Sade, los cuerpos negados de los otros funcionan como espejos en los que el
libertino busca su propio cuerpo negado.
2.
El palacio
de las vísceras.
La primera forma de negación
del cuerpo que opera el libertino sadiano (y sádico) es su destrucción. El
cuerpo, en el boudoir, es despedazado, eviscerado, saqueado, quebrado,
violado, descuartizado, quemado, violentado, cortado, aplastado, pulverizado...
Así
muere Augustine al final de Les cent vingt journées de Sodome:
“... on
lui égratigne les nerfs avec un canif, à mesure qu’on les allonge. Cela fait,
on lui fait un trou au gosier, par lequel on ramène et fait passer sa lange; on
lui brûle à petit feu le téton qui le reste, puis on lui enfonce dans le con
une main armé d’un scalpel, avec lequel on brise la cloison qui sépare l’anus
du vagin; on quitte le scalpel, on renfonce la main, on va chercher dans ses
entrailles et la force à chier par le con; ensuite, par la même ouverture, on
va lui fendre le sac de l’estomac. Puis l’on revient au visage: on lui coupe
les oreilles, on lui brûle l’intérieur du nez, on lui éteint les yeux en
laissant distiller de la cire d’Espagne brûlante dedans, on lui cerne le crâne,
on la pend par les cheveux en lui attachant des pierres aux pieds, pour qu’elle
tombe et que le crâne s’arrache. Quand elle tomba de cette chute, elle
respirait encore, et le duc la foutit en con dans cet état; il déchargea et n’en
sortit que plus furieux. On l’ouvrit, on lui brûla les entrailles dans le
ventre même, et on passa une main armé d’un scalpel qui fut lui piquer le coeur
en dedans, à différentes places. Ce fut là qu’elle rendit l’âme. Ainsi
périt à quinze ans et huit mois une des plus célestes créatures qu’ait formé la
nature”[7].
La víctima es
para el libertino como para un niño su juguete. Como nos recuerda Hegel, lo más
racional que los niños pueden hacer con sus juguetes es romperlos.[8]
Eso es justamente lo que hacen los libertinos sadianos con sus juguetes de
carne y hueso. Estos, a su vez, podrían exclamar como Gloucester en King Lear: “As
flies to wanton boys, are we to th’Gods; / they kill us for their sport”.[9]
El cuerpo así
negado es un objeto que ya no es un objeto -es decir, algo que yace (jectum)
ante (ob) alguien de un modo unitario, identificable, nombrable-
“mais ce quelque chose
devant quoi tous les mots s’arrêtent et toutes les catégories échouent, l’objet
d’angoisse par excellence”.[10]
Estas palabras que
acabo de reproducir pertenecen a la sesión del seminario del 16 de marzo de
1955. En esta sesión y en la anterior (la del 9 de marzo) Lacan analizó el sueño
de la inyección de Irma, sueño que como es sabido tuvo el propio Freud la noche
del 23 al 24 de julio de 1895 y cuya interpretación se ofrece como modelo
hermenéutico en Die Traumdeutung.
En el sueño
Freud aparece como un anfitrión que está recibiendo a muchos invitados en un
amplio hall. Entre ellos está Irma, una paciente suya, amiga de la
familia, con la que no ha logrado más que un éxito parcial en el tratamiento
por no haber ella aceptado la solución propuesta por Freud. En el sueño Freud se
acerca a Irma y le reprocha ese rechazo: “si todavía tienes dolores es
exclusivamente por tu culpa”.[11]
Ella le responde que en ese momento tiene intensos dolores en la garganta, en
el vientre y en el estómago. Freud, entonces, la acerca a una ventana y le
examina la garganta, venciendo una inicial resistencia suya: “por fin -escribe
Freud- abre bien la boca, y veo a la derecha una gran mancha blanca, y en otras
partes, singulares escaras grisáceas, cuya forma recuerda al de los cornetes de
la nariz”.[12]
Lo que nos
interesa aquí es la mirada que Lacan superpone a la mirada del Freud del sueño,
asomándose al abismo de la garganta de Irma:
« ce qu’il voit au fond, ces cornets du nez
recouverts d’une membrane blanchâtre, c’est un spectacle affreux. Il y a à
cette bouche toutes les significations d’équivalence, toutes les condensations
que vous voudrez. Tout se mêle et s’associe dans cette image, de la bouche à l’organe
sexuel féminin, et passant par le nez (…). Il y a là une horrible découverte,
celle de la chair qu’on ne voit jamais, le fond des choses, l’envers de la
face, du visage, les secrétats par excellence, la chair dont tout sort, au plus
profond même du mystère, la chair en tant
qu’elle est souffrante, qu’elle est informe, que sa forme par soi-même
est quelque chose qui provoque l’angoisse. Vision d’angoisse, identification d’angoisse,
dernière révélation du tu es ceci – Tu es ceci, qui est le plus loin de
toi, ceci qui est le plus informe. »[13]
Eso es lo que somos: lo más
lejano a nosotros, lo más informe: lo profundo del cuerpo, el envés del rostro,
lo indecible, lo irrepresentable.
Sade también se ha asomado, antes que
Freud, a esa boca-abismo de Irma. Y nos cuenta lo que ve. Lo que podríamos
llamar la parresía sadiana, es decir, el ansia de decirlo todo,
le obliga a decir también lo indecible del cuerpo: lo que desdice al
cuerpo. Sade nos enfrenta así a nuestras vísceras. Por eso es tan angustioso
leerlo: Sade desnuda al cuerpo de sus velos imaginarios. Desnuda al cuerpo de sí
mismo. Rompe el espejo. En un cuento de Alphonse Allais, evocado por André
Breton en el Segundo manifiesto del surrealismo (1930), una bailarina se
va desnudando velo a velo mientras baila para el sultán. Cuando queda finalmente
despojada de toda su ropa, el sultán hace un gesto para que siga desnudándose y
entonces su gran visir ordena que le arranquen la piel. [14]
Esa bailarina desollada, desnudada
de sí, es el cuerpo sadiano por excelencia.
Lacan, en el
texto que acabamos de recordar, habla de “l’envers de la face” lo que
hay detrás de la cara, su anverso. En el Cabinet des Estampes se
conserva un boceto al natural de las cabezas cortadas y pinchadas en picas,
tras la toma de la Bastilla, del Marqués de Launay, gobernador de la Bastilla,
de Foulon, consejero de Estado y de Berthier de Sauvigny, intendente de Paris.[15]
Lo más espeluznante es la cabeza sin cara de Berthier de Sauvigny. Un rostro
sin rostro, el “envés de la cara”, masa sanguinolenta, colgajo irreconocible.

Dibujos hechos por Girodet al natural de
Launay, Foulon, y
Berthier de Sauvigny tras la toma de la
Bastilla
Sade nos ha invitado
a asomarnos, por primera vez en la literatura, a ese rostro de lo sin rostro, al
envés de la piel, a las entrañas. El cuerpo sadiano, al igual que las figuras
de cera de las Venus anatómicas, como la que Clemente Susini modeló entre 1781
y 1782, no sólo es el de una diosa dormida sino también, y sobre todo, una
mujer destripada.[16]
Bajo las manos del libertino el telón del cuerpo se abre. El cuerpo se desnuda
de sí. Lo interior se exterioriza. El horror emerge anulando la belleza de la
que es condición y límite.[17]

Venus anatómica de C. Susini (1781-1782)
Este cuerpo abierto
ya no es cuerpo: es dispersión heterogénea de partes sin unidad. Colección de vísceras
colgando o ensartadas en palos. Es diversidad: diferencia indiferenciada,
sin identidad.[18] Es multitud
disgregada, masa sin forma, carne sin eîdos.
Las entrañas
fueron el primer laberinto al que se enfrentó el hombre.[19]
Un lugar donde perderse. Un perdedero. Tal vez por eso es la imagen del
inframundo. “Palacio de las vísceras” (êkal tirâni) llamaban los
antiguos babilonios al infierno. El rostro del demonio Humbaba (o Huwawa),
enemigo de Gilgamesh, es una masa de intestinos (véase ilustración). Su rostro
es el rostro de lo sin rostro. El envés de la cara. Laberinto donde el
yo se pierde definitivamente.

Rostro de Humbaba. Terracota de Sippar 1800-1600
a.C. (Museo Británico)
3.
La foudre
Decir “cuerpo” en Sade es
decir “sexo”. Todo en el cuerpo sadiano es sexo. Podríamos decir que la
sexualidad en el divino Marqués más que polimorfa como en Freud, es pantomorfa.
¿Es necesario añadir que ese sexo es, además, perverso? No está, en
efecto, enderezado a la reproducción sino a la destrucción.
Un ejemplo conspicuo de ese pansexualismo
sadiano es el rayo (la foudre) que atraviesa el cuerpo Justine invirtiéndola.
Esto acontece al final de la Histoire de Juliette, cuando Mme de
Lorsange (Juliette), rodeada de sus amigos libertinos, decide el destino de su
hermana Justine:
“Un orage horrible se forme, livrons cette créature à la foudre ; je
me convertis, si elle la respecte. –A merveille, s’écria tout le monde! –Voilà
une idée que j’aime à la folie, dit Mme Lorsange, ne balançons pas à l’exécuter ».[20]
La naturaleza no duda en secundar
su deseo:
“l’éclair brille, les vents sifflent, le feu du ciel agite les nues ;
il les ébranle d’une manière horrible ; on eût dit que la nature, ennuyée
de ses ouvrages, fut prête à confondre tous les éléments, pour les contraindre à
des formes nouvelles”.[21]
El verbo “ébranler”
que usa aquí Sade para describir la acción que ejerce el relámpago con las
nubes, es el que usa siempre Sade para referirse a la masturbación. De hecho aparece
un poco más adelante para describir la que Juliette, excitada, lleva a cabo
ante las actividades necrófilas de sus amigos: “l’execrable Juliette se branle,
en les voyant faire [es decir, viéndoles sodomizar el cadáver de Justine]”.[22]
El “fuego del cielo” masturba las nubes hasta la eyaculación: el rayo. Hagamos
notar, además, la homofonía de los vocablos “foudre” (rayo) y “foutre”
(joder). Es el orgasmo de la naturaleza, por lo tanto, el que mata a Justine.

Frontispicio e ilustración
del final de Justine ou les Malheurs de la vertu en la edición de 1800
Los cuatro libertinos dejan
afuera, a merced de la tormenta, a su víctima y esperan regocijados tras la
ventana a que se consume la violación. En efecto, apenas llega Justine al gran
camino que bordea el castillo “un éclat de foudre la renverse, en la
traversant de part en part”.[23]
Lo que hace el rayo, al atravesar de parte a parte a Justine, es la
renverser; es decir, invertirla. Asistimos, en efecto, a una inversión
de lo que ella representa. Como escribe Philippe Roger, “lo que dice el trazo
de fuego, es el discurso del cuerpo sexuado”.[24]
El rayo convierte a la virtuosa Justine en un sexo violado. Hipersexualiza así a
la asexual Justine. Con ello,
paradójicamente, la descorporeíza, la convierte en cenizas.[25]
El que esta hipersexualización se haga al precio de su muerte muestra a las
claras que el sexo en Sade está, en última instancia, del lado de la muerte y
de la nada. El cuerpo se convierte en puro sexo, aniquilándose. Como
dice Mme de Lorsange en el episodio paralelo de Justine ou les Malheurs de
la vertu (1791) ante el cadáver de Thérèse atravesada por el rayo:
“La prospérité du crime… est comme la foudre dont les feux trompeurs n’embellissent
un instant l’atmosphère, que pour précipiter dans les abîmes de la mort le
malheureux qu’elles ont ébloui”.[26]
Eso es el sexo para
Sade : un relámpago de belleza deslumbrante al precio de la caída en el
abismo de la muerte.
4.
Astros
feroces
Sade podría
suscribir la afirmación spinoziana de que lo humano no es, respecto a la naturaleza, “veluti imperium in imperio.”[27] A pesar de que sea humillante
para el orgullo humano verse rebajado al rango de los demás productos de la
naturaleza, para Sade no hay diferencia alguna entre el hombre y el resto de los
seres.
“Nous
allons sans doute humilier ici l’orgueil de l’homme, en le rabaissant au rang
de toutes les autres productions de la nature (…) Qu’est-ce que l’homme, et
quelle différence y a-t-il entre lui et les autres plantes, entre lui et tous
les autres animaux de la nature? Aucune assurément. Fortuitement placé, comme
elles, sur ce globe, il est né comme elles, il se propage, croît et décroît
comme elles, il arrive comme elles à la vieillesse, et tombe comme elles dans
le néant, après le terme que la nature assigne à chaque espèce d’animaux, en
raison de la construction de ses organes.” [28]
Como
dice el bellísimo poema de Octavio Paz dedicado a Sade, “los cuerpos como astros feroces están hechos
de la misma sustancia de los soles.” [29] Choque de átomos, mezcla de
elementos, erupción de volcanes, colmillos clavándose en la carne, planetas
girando en sus órbitas… Eso es lo que nos explica. Eso es lo que somos. Lo
que nos hace a la vez inocentes y crueles. “Sade ne laisse s’installer
aucune illusion, à commencer par celle de l’homme”, escribe con acierto
Annie Le Brun.[30] En efecto, el hombre es una ilusión. Una nada.
El “système
du néant” es el que dice sostener el moribundo ateo del Dialogue entre
un prêtre et un moribond:
“Jamais
il ne m’a effrayé, et je n’y vois rien que de consolant et de simple; tous les
autres sont l’ouvrage de l’orgueil, celui-là seul l’est de la raison. D’ailleurs
il n’est ni affreux ni absolu, ce néant. N’ai-je pas sous mes yeux l’exemple
des générations et régénérations perpétuels de la nature ? Rien ne périt,
mon ami, rien ne se détruit dans le monde ; aujourd’hui homme, demain ver,
après-demain mouche, n’est-ce toujours exister ?”[31]
En efecto, este
materialismo extremo priva al cuerpo humano de toda posible humanidad. Nuestra
biografía se diluye en zoología: “hoy hombre, mañana larva, pasado mañana mosca…”
El cuerpo del hombre no tiene límites: abarca, en última instancia, la
totalidad de la naturaleza. En ese caso ¿hay verdaderamente crímenes o sólo el
agitarse de una naturaleza siempre igual a sí misma?
“le
crime n’a donc rien de réel, il n’y a donc véritablement aucun crime, aucune
manière d’outrager une nature toujours agissante… toujours trop au-dessus de
nous.”[32]
El hombre siendo
todo, al final no es nada. Por eso este es, en efecto, el sistema de la nada. Paradójicamente,
la privación de mi muerte (siendo toda muerte mera transformación, mutación, cambio),
me vuelve nada.
5.
“Etc. Son
éloge”
El cuerpo de la víctima es
un cuerpo superlativo, hiperbólico. Por ello es indecible.
Lo poco que puede contarse de él suena convencional, intercambiable,
sustituible, serial. Esta es la descripción de Justine en Les infortunes de
la vertu :
“…la plus belle âme et le caractère le plus doux, des dents d’ivoire et de
beaux cheveux blonds, telle est l’esquisse de cette cadette charmante dont les grâces
naïves et les traits délicieux sont d’une touche trop fine et trop délicate
pour ne pas échapper au pinceau qui voudrait les réaliser.”[33]
En efecto, esos “trazos
deliciosos” escapan siempre al pincel de la representación. El
lenguaje no logra alcanzar su objeto, se limita a ser el signo de su
inaccesibilidad. Por eso resulta banal, repetitivo, tópico. Veamos ahora la
descripción que del mismo personaje (Justine) hace Sade en La Nouvelle
Justine:
“De grands yeux bruns pleins d’âme et d’intérêt… des formes arrondies et
dessinées par les mains de l’Amour même… ; voilà l’esquisse de cette
cadette délicieuse, dont les grâces enchanteresses et les traits délicats sont
au-dessus de nos pinceaux : que nos lecteurs se représentent tout ce que l’imagination
peut créer de plus séduisant, et ils seront au-dessous de la réalité.”[34]
Sade deja a la imaginación
del lector la tarea de representar a su personaje. Además, condena a esa
imaginación a quedar inevitablemente por debajo de la realidad. La representación
es, en última instancia, imposible. No porque no alcance lo real, sino porque
su objeto, por superlativo, no es real. En esa irrealidad, en esa nada,
reside, según Jorge Guillén la salvación de Justine:
“Ay,
Justina, Justina, siempre desventurada
De tanto no
sufrir porque nunca eres nada,
Sólo un muñeco
atroz de trapos, un pelele.
Como
existir no logras, el dolor no te duele,
Ese dolor
que todos quisieran infligirte.
Sin cesar
irreal, viajas de sirte en sirte
Frente al
ansia y la rabia de tu pobre Marqués.
Torturando
está a un mundo tan débil que no es.
¿destroza?
No. Ni crea. Se le escapa la arcilla
De
realidad. No sabe del vacío –Bastilla
Donde sólo
reside la más abstracta mente,
Que Mal y
Destrucción asume idealmente.
La crueldad
y el odio son fuerzas verdaderas.
Para el
rival de Dios refulgen como hogueras
De su
divino infierno. Mucho tienta la nada.
¿Justina
destruida? Justina al fin salvada.”[35]
Frente a esa imposibilidad
de describir a la virtud, Sade se demora infinitamente en la descripción del
vicio. El ingente corpus sadiano es la enumeración enciclopédica de las
infinitas variantes del mal. A los libertinos les gustan los catalogos.
Recordemos el de las conquistas de Don Govanni que muestra Leporello a Donna
Elvira en la quinta escena del primer acto de la ópera de Mozart. El bien, la belleza y la bondad son, como decían los escolásticos, convertibles
a lo uno. Lo son por ser transcendentalia. El bien unifica,
universaliza, por estar más allá; el mal diversifica, singulariza, por ser lo
de aquí. Por eso la bondad es antiliteraria. No podría haber literatura en un
universo donde reinara exclusivamente la bondad: no habría nada que contar. Es
lo que nos dice el principio de Ana Karenina: “Todas las dichas se
asemejan, pero las desgracias cada una tiene su propia característica.”[36]
La novela de Tolstoi es, justamente, la descripción de una de esas singulares,
irrepetibles, desgracias. Tolstoi dejó la literatura cuando desdeñó a los
singulares y empezó a ocuparse de los grandes universales: la paz, el amor… No
se escriben novelas con universales; sólo panfletos.
Tras la espantosa descripción
del suplicio y muerte de Augustine de Les Cent Vingt Journées de Sodome que
he reproducido más arriba, Sade concluye:
“Ainsi périt à quinze ans et huit mois une des plus célestes qu’ait formée
la nature, etc. Son éloge.”[37]
Esta abreviatura: “etc.
Son éloge” no sólo delata el carácter inacabado del manuscrito de Les
cent Vingt Journées, sino el punto en que el narrador calla, el límite donde
se detiene la literatura: en el cuerpo ideal de la víctima.
6.
Pornogramas
Los libertinos sadianos están
obsesionados por poner orden en sus excesos. Por ejemplo Mme Delbène en la Histoire
de Juliette dice a sus compañeros de orgía:
“Un moment, dit-elle tout en feu ; un instant, mes
bonnes amies, mettons un peu d’ordre à nos plaisirs, on n’en jouit qu’en les
fixant.”[38]
Este orden configura, como ha visto
Roland Barthes una suerte de lenguaje. ¿Quién, en efecto, no vislumbra en la
disposición de los cuerpos en los grabados de la primera edición de L’histoire
de Juliette los trazos de carnales ideogramas? A esa fusión del discurso y
del cuerpo, del lógos y de Éros la denomina Roland Barthes, pornograma.
El pornograma es el resultado de aplicar la gramática al erotismo y el erotismo
a la gramática.[39]

Ilustraciones de L'Histoire de Juliette
(1797)
Las unidades sintácticas en la “gramática
erótica” sadiana son, según Barthes,[40]
las siguientes:
La unidad mínima es la postura. Consiste
en la combinación de una acción y un punto de aplicación corporal. Combinadas,
las posturas configuran la operación. Cuando la operación forma un
cuadro, es decir, un conjunto simultáneo de posturas, se trata de una figura.
Cuando, por el contrario, la operación está constituida por una sucesión de
posturas limitadas por goces, estamos ante un episodio. Finalmente, la
sucesión de operaciones crea una escena. Las reglas de combinación son
dos: la exhaustividad (en cada operación han de realizarse el mayor número
simultáneo de posturas posible y los lugares corporales de cada sujeto han de
estar saturados) y la reciprocidad (cada figura puede invertirse; en la
escena cada sujeto puede intercambiar su papel con otro: el que ha sido activo
en una figura, puede ser pasivo en otra, o viceversa).
Los cuerpos en Sade tienen la misma
consistencia de los signos. Son signos en un lenguaje con sintaxis pero sin
semántica (a nada remiten las posturas, operaciones, figuras, episodios y
escenas sino a sí mismas) configurando un sistema cenemático (de kenós,
vacío).
Parafraseando lo que dijo André Breton al
descubrir los aforismos de Marcel Duchamp, [41]
podríamos afirmar de estos pornogramas: los signos han dejado de significar,
los signos hacen el amor.
7.
El cuerpo
negado
Los cinco tipos de cuerpo
que hemos considerado aquí podrían entenderse como una suerte de réplica ateológica
a las cinco vías tomistas. Cinco vías que conducen a la nada. Cinco modos de
negación del cuerpo.
El cuerpo abismo. El cuerpo abierto,
desvestido de sí, eviscerado, es lo no categorizable como cuerpo. Es el cuerpo desvelado.
La revelación de la dispersión originaria previa a la imagen salvadora
(unificadora) del yo. Es el abismo angustioso donde se hunde toda significación,
donde nada es reconocible.
El cuerpo sexo. La pan- e hipersexualización
del cuerpo termina por aniquilar
al cuerpo. Este es quemado en una llamarada de goce impersonal. La naturaleza (Ello)
goza en, a través, y, a veces, a pesar de, nuestro cuerpo. Es el efecto
destructor del rayo. Antes que Freud, Sade nos recuerda que el sexo está
del lado de la nada.
El cuerpo naturaleza. El extremo
naturalismo sadiano vuelve vacío el adjetivo “humano”. Todo lo desdibuja, lo
deshace, lo aniquila. En la naturaleza sadiana ninguna forma permanece, ninguna
configuración corporal subsiste. Todo se trasmuta en otra cosa, nada está fijo.
Sade expresó en su testamento la voluntad de que desapareciera todo rastro suyo
de la faz de la tierra.[42]
Deseo superfluo. En efecto, Sade no es Sade: es todo. Es decir, nada.
El cuerpo eîdos. Los cuerpos ideales
de las víctimas, objeto del acto sádico, son perfectamente irreales. Su
destrucción se opera en un ámbito imaginario. Por superlativos, perfectos, están
muertos antes de que las manos del libertino los toque. Y lo están porque no
son en realidad más que fantasmas producidos por la imaginación de su verdugo.
Pura nada.
El cuerpo signo. Finalmente, el
cuerpo como cenema, signo vacío de significado, mero elemento de
un orden a la vez lógico y erótico. El sexo entendido como sintaxis, lo aísla
de todo referente, lo salva de la semántica. Los cuerpos sadianos no doblan
lo real. Operan en un espacio paralelo, que da la réplica irónica a la realidad
oponiéndole un orden más perfecto, más eficaz: un orden gramatical. Casanova
(el libertino real) derrotado por Noirceuil (el libertino imaginado). Aunque hagan
el amor estos signos son sólo signos vacíos. Es decir, nada.
La acción aniquiladora del
libertino sadiano es una búsqueda de la libertad. Una libertad que sólo se
reconoce en la nada. Esta nada anuncia un nuevo personaje que ocupará la escena
filosófica europea durante todo el siglo diecinueve: el espíritu (Geist).
“Ich
bin der Geist der stets verneint!”[43] podría exclamar,
como Mefistófeles, el libertino sadiano.
La esencia del espíritu,
como escribe Hegel, es la libertad (Freiheit) entendida como “la
absoluta negatividad del concepto en tanto que identidad consigo mismo.”[44]
En esa libertad que no es sino “la forma suprema de la nada para sí”[45]
ve Hegel lo propio del espíritu. El hombre, en tanto que espíritu, no puede ser
sino negación. Negación de la naturaleza, pero sobre todo, negación
de sí. En ese acto autonegador reconocerá el idealismo lo humano del
hombre.
“L’échafaud même serait pour moi le trône des voluptés ; j’y braverais
la mort, et déchargerais en jouissant du plaisir d’expirer victime de mes
forfaits, et d’en effrayer un jour l’univers.”[46]
Estas sobrecogedoras
palabras de Olympe, nos muestran que sólo la nada da la medida del desmedido placer
que busca el libertino. La propia muerte, en un acto extremo de libertinaje, no
destruye al libertino: lo define. Es la culminación de su libertad. Esa nada
que lo crea en el mismo punto en que lo desposee de sí, es, en rigor, el espíritu.
El libertino, decíamos al
principio, busca su cuerpo desposeído. Lo busca, en primer lugar, en los
cuerpos de los otros. Negándolos. Pero finalmente sólo en la negación se
reconoce. Sólo en ella se afirma a sí mismo como libertad.
[1] Gai institutionum commentarii quator, commentarius primus,
III, §§ 9-11, en R. Domingo
(coord.), Textos de Derecho Romano, Cizur Menor, Aranzadi, 2002, p. 41.
[2] J. Lacan, La familia, Barcelona, Editorial Argonauta, 1978, p. 54.
[3] J. Lacan, “Acerca de la causalidad psíquica”, en J.
Lacan, Escritos I, México, Siglo Veintiuno Editores, 1984, pp.
176-177
[4] J. Lacan, La familia, ed. cit., p. 56.
[5] J. Lacan, “El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como
se nos revela en la experiencia psicoanalítica”, en J. Lacan, Escritos I, ed. cit., p. 90.
[6] J. Lacan, “La agresividad en psicoanálisis”, J.
Lacan, Escritos I, ed. cit., p. 106.
[7] D.A.F. de Sade, Les
Cent Vingt Journées de Sodome, Quatrième partie, en D.A.F. de Sade, Oeuvres (ed. De Michel
Delon), Paris, Gallimard, Bibliothèque de la Pléiade, 1990 (se citará en
adelante esta edición con la abreviatura Œuvres), t. I, pp. 371-372.
[8] G.W.F. Hegel, Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften § 396, Zusatz,
en G.W.F. Hegel, Werke (ed.
E. Moldenhauer & K.M. Michel), Frankfurt a. M., Suhrkamp, 1986, t. X, p.
80.
[9] King Lear IV,
sc. I, vv. 35-37.
[10] J. Lacan, Le Séminaire. Livre II. Le moi dans la théorie de Freud et dans la
technique de la psychanalyse (1954-1955), Paris, Seuil, 1978, p. 196.
[11] S. Freud, La interpretación de los sueños, cap. II, en S. Freud, Obras completas, Madrid,
Biblioteca Nueva, 1981, t. I, p. 412.
[12] Ibid.
[13] J. Lacan, Le Séminaire. Livre II. Le moi…, ed. cit., p. 186.
[14] A. Breton, Manifiestos del surrealismo, Madrid, Visor Libros, 2009, p. 200.
[15] Véase sobre estos
personajes y su terrible destino durante los días 14 (de Launay) y 22 (Foulon y
Berthier de Sauvigny) de julio de 1789: J.
Michelet, Historia de la Revolución Francesa, lib. I, cap. VII y
lib. II, cap. II, Barcelona, Ed. De los Amigos del Círculo del Bibliófilo,
1982, t. I, pp. 155-156 y 184-191.
[16] Véase sobre esta Venus
de C. Susini: G. Didi-Huberman, Venus
rajada, Buenos Aires, Losada, 2005, pp. 124 ss.
[17] Véase E. Trías, Lo bello y lo siniestro,
Barcelona, Seix Barral, 1982.
[18] Así define Hegel la
diversidad (Verschiedenheit). Véase G.W.F.
Hegel, Wissenschaft der Logik (1813), G.W.F. Hegel, Gesammelte
Werke, ed. crítica de la Rheinisch-Westfälischen Akademie der
Wissenschaften en colaboración con la Deutschen Forschungsgemeinschaft,
Hamburgo, Felix Meiner, 1968 y ss., t. XI, pp. 267 ss.
[19] Véase K. Kerényi, En el laberinto,
Madrid, Siruela, 2006, pp. 52 ss.
[20] D.A.F. de Sade, Histoire de Juliette, sixième partie, en Œuvres, t. III, p.
1258.
[21] Ibid., pp. 1258-1259.
[22] Ibid., p. 1259. El
subrayado es mío.
[23] Ibid., p. 1259.
[24] Ph. Roger, Sade. La philosophie dans le pressoir, Paris, Grasset, 1976, p. 154.
[25] D.A.F. de Sade, Histoire de Juliette, sixième partie, en Œuvres, t. III, p.
1259.
[26] D.A.F. de Sade, Justine ou les Malheurs de la vertu, en Œuvres, t. II, p.
389.
[27] Ethica III, praef. Véase
tam. TP II § 6 y TTP XVII. Spinoza es uno de los filósofos del panteón
sadiano: “Nourris-toi sans -dice Mme Delbène a Juliette- cesse des grands principes
de Spinoza, de Vanini, de l’auteur du Système de la nature”, D.A.F. de Sade, Histoire de Juliette,
premiére partie, en Œuvres, t. III, p. 195.
[28] D.A.F. de Sade, La
Philosophie dans le boudoir, Cinquième dialogue (Français, encore un effort…),
en Œuvres, t. III, pp. 143-144.
[29] Poema “El
prisionero” de Calamidades y milagros (1937-1947), en O. Paz, Poemas (1935-1975),
Barcelona, Seix Barral, 1979, pp. 120-122.
[30] A. Le Brun, Soudain un bloc d’abîme, Sade, Paris, J.J. Pauvert, 1986, p. 59.
[31] D.A.F. de Sade, Dialogue entre un prêtre et un moribond, en Œuvres, t. I,
p. 10.
[32] D.A.F. de Sade, Histoire de Juliette, Première partie, en Œuvres, t. III,
p. 331.
[33] D.A.F. de Sade, Les infortunes de la vertu, en Œuvres, t. II, p. 5.
[34] D.A.F. de Sade, La Nouvelle Justine, en Œuvres, t. II, p. 397.
[35] J. Guillen, Aire Nuestro III. Homenaje, Barcelona, Seix Barral, 1978, p. 68.
[36] L. Tolstoi, Ana Karenina (trad. de Elena de Gutiérrez), Buenos Aires, Ed. Sopena, 1952, t. I,
p. 5.
[37] D.A.F. de Sade, Les Cent Vingt Journées de Sodome, Quatrième partie, en Œuvres, t. I, p. 372.
[38] D.A.F. de Sade, Histoire de Juliette, Première partie, Œuvres, t. III, p.
183.
[39] R. Barthes, Sade, Fourier, Loyola, en R.
Barthes, Œuvres complètes, Paris, Seuil, 1994, t. II, p. 1153.
[40] R.
Barthes, Sade, Fourier, Loyola, ed. cit., t. II, pp. 1059-1061.
[41] A. Breton, “Las palabras sin arrugas”, en Los pasos
perdidos, Madrid, Alianza Ed., 1972, p. 128.
[42] Véase G.
APOLLINAIRE, L’Oeuvre du Marquis de Sade, Bibliothèque des curieux,
Paris, 1909, pp. 14-15 (trad. española de Federico Corriente y Enrique Alda,
Pepitas de calabaza ed., Logroño, 2006, pp. 58-59).
[43] J.W. GOETHE, Faust
I, v. 1338: Id., Gedenkausgabe (ed. Emst Beuder), Artemis-Verlag.
Zurich, 1950, t. V, p. 184.
[44] “Das Wesen
des Geistes ist deswegen formell die Freiheit, die absolute Negativität
des Begriffes als Identität mit sich.” G.W.F.
Hegel, Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften, § 382, en
G.W.F. Hegel, Gesammelte Werke,
ed. cit., t. XX, p. 382.
[45] “Die höchste Form
des Nichts für sich wäre die Freiheit“, G.W.F.
Hegel, Enzyklopädie der philosophischen Wissenschaften § 87, en G.W.F. Hegel, Gesammelte Werke,
ed. cit., t. XX, p. 124.
[46] D.A.F. de Sade, Histoire de Juliette, Quatrième partie, en Œuvres, t. III,
p. 775.