X CONGRESO INTERNACIONAL DE ANTROPOLOGÍA FILOSÓFICA
Teruel, 14-17 de Septiembre de 2010
MENTE Y CUERPO.
PARA UNA ONTOLOGÍA DEL SER HUMANO
COMUNICACIONES
Sección comunicaciones 5A
“La Escuela de Madrid y la trayectoria antropológica en el pensamiento español contemporáneo”
Coord. Jesús Díaz (UNED)
9,30 h. – 11,30 h.
Salón de Actos Vicerrectorado
Victor Páramo (Universitat de València)
El dualismo cuerpo-alma ha
sido una cuestión eternamente pendiente en la antropología filosófica. Desde
que Platón dijera, en el Fedón, que
el alma quedaba atrapada en un cuerpo, esta idea ha sido defendida y matizada
por innumerables filósofos, incluso de la Edad Moderna, como Descartes, quien
estableció la distinción entre «Res cogitans» y «Res extensa».
En tiempos más recientes el médico,
historiador y filósofo Pedro Laín Entralgo insigne representante de la “Escuela
de Madrid” se ha atrevido, desde su última etapa de pensamiento, a romper este
dualismo antropológico defendiendo que sólo existe el cuerpo.
Una de sus contribuciones más
originales es la ruptura entre lo que dentro de la tradición antropológica-filosófica
se ha tenido como cuerpo y alma; Descartes afirmaba que éstos se conectaban en
la «glándula pineal»; Laín Entralgo ha intentado mostrar, desde su posición,
que toda la concepción tradicional filosófica sobre el hombre estaba
equivocada.
Sin embargo, no fue el primer
pensador en la historia de la filosofía que ha abogado por una tesis antropológica
antidualista. Ya Aristóteles pudo haber insinuado que cuerpo y alma son una y
la misma cosa.
Ya Aristóteles en De anima, hablaba del alma como sinónimo
de vida: el alma es el principio de la vida, o si se quiere, en lenguaje
aristotélico, la «forma-acto» del cuerpo («materia-potencia»).
El alma no puede ser sin el
cuerpo ya que es el cuerpo la forma del alma. Así, el alma no es una entidad
separada del cuerpo: el alma es “natural” y es inseparable del compuesto
animado de los seres vivos. Las facultades intelectuales del alma no son
meramente corporales; son facultades de un alma-forma, esto es, de un cuerpo,
del complejo alma-cuerpo.
Mi propuesta no está dirigida
en esencia hacia la argumentación que ofrece Laín es original o no. Ya que uno
de los padres de la filosofía, Aristóteles fue ya el primero en ofrecer argumentos
filosóficos, aunque no tuvo en esencia esa finalidad, sobre el posible monismo
en la concepción del hombre.
2. CUERPO Y ALMA EN FILOSOFÍA
La dicotomía entre un alma
imperecedera y un cuerpo corruptible se muestra ya en la tradición órfico-pitagórica,
de la cual Platón recibirá su influencia, y plasmará es su obra Fedón; el calma “cae” en el cuerpo y se
encuentra atrapada en él hasta que aquél perezca. Descartes también requiere de
una teoría antropológica dualista: Descartes entiende al hombre como un doble
agregado; entiende, por un lado, el pensamiento (res cogitans), y por otro la
materia extensa (res extensa), “como sustancias independientes e irreductibles
entre sí”[1].
En Descartes el alma es “una substancia completamente diferente e independiente
del cuerpo, materia extensa, y que, pese a esa estrecha unión, puede existir
sin él”[2].
Al igual que Platón, Descartes habrá de afrontar el problema que este dualismo
supone: la relación entre el cuerpo y el alma. “Este es el problema con el que
de forma general se han enfrentado infructuosamente todos los dualismos”[3].
Laín Entralgo abogará por
exponer, en su última etapa de pensamiento, que no hay tal dicotomía
cuerpo-alma, defendiendo que somos seres fisiológicos: el pensamiento, que es
el alma, forma parte del cuerpo; el alma es aquello que todo “hombre hace por
se específica y personalmente la estructura que es: sentir, pensar, querer,
recordar, olvidar, crear, imitar, amar, odiar”[4].
Esto conforma la “última” antropología de Laín Entralgo.
3. EL PENSAMIENTO ANTROPOLÓGICO
DEL ÚLTIMO LAÍN
Laín no acepta en su teoría de la persona el dualismo
antropológico hilemorfista ni el neocartesiano, es decir, considerar al hombre
compuesto de dos partes diferentes (materia y forma, substancia extensa y
substancia pensante, cuerpo y alma).
A finales de los años 80 se
produce un giro importante en la visión del cuerpo de Laín que se concentra en
su libro El cuerpo humano. Teoría actual,
de 1989, donde Laín se decanta por un monismo corporalista. Ya no concibe al cuerpo
y el alma como dos realidades separadas, el hombre ya no es un “centauro ontológico”.
Lo que en definitiva cambia
es que Laín ya no cree en una existencia del alma separada e independiente del
cuerpo como tradicionalmente se ha entendido a lo largo de los siglos, ni
tampoco cree en la resurrección de la carne después de la muerte según la fórmula
tradicional.
Laín trata, por consiguiente,
de dilucidar si en nuestra época y con los conocimientos que acerca de la
materia poseemos, puede mantenerse la existencia separada, de dos realidades en
el hombre, el cuerpo material y el alma espiritual, o bien debe aceptarse la
teoría materialista de una sola realidad la del cuerpo que sería quien
realizase las funciones y poseyese las propiedades tradicionalmente concebidas
al espíritu. Laín Entralgo no admite el dualismo platónico y cartesiano. El
hombre “no necesita de un «espíritu» inmaterial para ser humano”[5].
Claramente se separa ahora Laín
de una tradición de pensamiento occidental que sigue considerando al hombre
dualísticamente como compuesto de cuerpo y alma.
En referente a su última
etapa de pensamiento sobre el hombre, Laín nos dice que ahora ya no piensa como
antes: “hoy pienso que, en su existencia terrena, todo el hombre es su cuerpo,
y que éste es el término provisional o definitivo de una evolución ascendente
de las estructuras del cosmos; una estructura cósmica esencialmente nueva
respecto de las que inmediatamente la han precedido y dotada de propiedades
estructurales esencial y cualitativamente distintas de las que habían mostrado
todas las estructuras precedentes”[6].
Esta es su nueva posición: “todo el hombre es su cuerpo”.
Una idea fundamental para Laín
es que el cuerpo está presente en todas las acciones y así lo dice: “Mi cuerpo
está inexorablemente presente en la ejecución de todas mis acciones, por espirituales que éstas parezcan ser”. De
este modo se distancia de la psicología tradicional.
En efecto, tanto en acciones físicos (correr o pasear) como
acciones psíquicas (pensar o recordar) está presente el cuerpo y las ejecuta el
cuerpo. Laín entiende con Zubiri que: “la inteligencia humana es siempre
sentiente, cualesquiera que sean la forma en que actúa y el tema a que se
aplica; lo cual exigen que todo acto inyectivo comporte la actividad del cuerpo
y, en consecuencia, la relación con el mundo”[7].
La postura de Laín sobre el
cuerpo es la de un monismo, en que es todo el cuerpo el que piensa, siente y
quiere, según la famosa frase de Unamuno de 1913[8].
“El cuerpo es el que piensa y quiere, y no un “yo” o una “mente” actuantes
dentro de él. Los modos de nuestra actividad que llamamos “yo” o “mente” –o
“intimidad”, o “libertad”- no son sino momentos constitutivos de la expresión
preponderantemente psíquica con que se patentiza la materia somática o personal
que es el cuerpo humano; esa íntima patentización a que solemos dar el nombre
de “subjetividad”.[…] Tales actividades son expresión de todo el cuerpo”[9].
La posición de Laín es una
teoría del cuerpo humano no dualista y no materialista en el sentido habitual.
Para Laín, no existe en el hombre un alma separada, sino que es el cuerpo quien
realiza las funciones, que tradicionalmente se atribuían al alma.
El cuerpo humano es una
estructura morfológica y dinámica en la evolución de la realidad; Laín no es
partidario de defender la existencia de un alma inmaterial, como se afirma
desde Platón en el pensamiento occidental y cristiano. El cuerpo es el que
piensa o quiere y no un “yo” o una “mente dentro del cuerpo”.
Aunque no se conozca con
certeza todos los secretos del cerebro, se puede admitir que el pensar, el
decidir libremente, el querer son propiedades estructurales del cerebro humano
y por ello afirma que “la visión del cuerpo humano como estructura de una
materia somática o personal siempre será más razonable y más próximo al saber
científico que el misterio inherente a la concepción de la realidad humana como
el connubio y la interacción de un espíritu inmaterial y un cuerpo material”[10]
Si no se acepta el alma como
principio inmaterial informador y animador del cuerpo, y el alma es sólo unidad
de acción de la estructura humana (y es de esta forma como Laín entiende el
alma del hombre), el cuerpo ha de ser entendido como agente, actor y autor de
todo lo que en el mundo y dentro de sí es y hace el hombre. El cuerpo es el ser
del hombre, el cuerpo es el que piensa, siente y quiere. Digamos que el cuerpo
lo hace todo, se ha reducido el alma a cuerpo, nos encontramos con una
antropología tajantemente corporalista.
El hombre es todo y sólo su
cuerpo, todo y sólo materia somática. No es, pues, admisible la existencia de
un <<espíritu inmaterial>>, de algo que esté por esté por encima de
la materia organizada.
4. CUERPO Y ALMA EN ARISTÓTELES
Para Aristóteles es posible
que exista un cuerpo sin alma, pero no un alma sin cuerpo. En este sentido, el
alma es inseparable del cuerpo; nunca podría existir un alma “fuera” de un
cuerpo, al modo en que Platón, en el Timeo,
pensaba el dualismo alma-cuerpo.
Siguiendo la explicación alegórica
de Aristóteles[11] puede
existir un ojo sin vista, esto es, un ojo ciego (diríamos, con Aristóteles, que
el ojo no está vivo, no tiene salud dirían sus discípulos: “la capacidad que
tiene el organismo para vivir”[12]),
pero no puede existir el sentido de la vista sin que exista el ojo, la vista
sería –pasando ahora del ojo al cuerpo entero- “la totalidad del cuerpo
que posee sensibilidad como tal”; el cuerpo sería “la totalidad de la potencia
sensitiva. […] Lo que no está en potencia de vivir no es el cuerpo que ha
echado fuera el alma, sino aquel [cuerpo] que la posee”. Esto es, Aristóteles
está identificando así la «potencia de vivir» con el «alma»
El cuerpo sin alma no tiene «potencia
de vivir» (un cuerpo que “ha echado fuera el alma” no tiene «potencia de vivir»),
sino que sólo aquel cuerpo que posee alma está en disposición de ser viviente.
Por eso un ser viviente es un
compuesto de alma y cuerpo; no pueden separarse, si se quiere que el algo tenga
vida. El cuerpo por sí mismo no tiene vida, pero el alma por sí misma no
existe; se necesita que el cuerpo posea alma para que sea algo viviente. El
cuerpo en potencia es aquel que tiene alma: “el esperma y el fruto, por su
parte, son tal tipo de cuerpo en potencia”.
El alma es al cuerpo lo que
la vista es al ojo. El alma es la entelequia del cuerpo a la manera en que la
vista es la entelequia del ojo. Aristóteles entiende «entelequia» como forma;
mientras que “materia es potencia la forma es entelequia”[13]
“No es posible que el cuerpo
sea el alma”[14]: Aristóteles
no identifica el alma con el cuerpo, sino que el alma es una entidad compuesta
de materia y de estructura y forma
que es de un cuerpo; el cuerpo es, por decirlo así, el que “realiza la
función de sujeto y materia”[15].
Aristóteles comprende que
todo cuerpo natural que participa de la vida tiene alma, esto es, que toda
materia que participa de la vida tiene forma. Por ese se ha dicho que Aristóteles
lleva a cabo una traducción del dualismo antropológico platónico (cuerpo-alma)
a un hilemorfismo (materia-forma). Por esta misma razón Aristóteles define al
alma como la “forma específica de un cuerpo natural [material] que en potencia
tiene vida”[16].
“La desustancialización del alma es, pues, una poderosa
posibilidad interna de la teoría aristotélica acerca del viviente”[17]
aunque “es un hecho que Aristóteles no lleva a cabo la desustancialización del
alma”[18]
Para Aristóteles no existe la
materia como tal, sino que hay tipos determinados de materia[19],
ya que toda materia está revestida de una forma (por eso la materia es
determinada); lo que hace que la materia salga de su indeterminación “y venga a
ser algo determinado […] es la forma”[20].
En el caso del hombre, que
también es un compuesto hilefórmico, ya que consta de materia y una forma específica;
la forma específica de un organismo viviente es su eîdos, que es el conjunto de “las funciones o actividades vitales
que tal organismo realiza”[21].
Aristóteles distingue varias partes de la forma específica o eîdos del hombre.
Es posible identificar el
alma con la vida. Pero esto conlleva a un sorprendente resultado: si la forma
específica, el alma, de un cuerpo es el conjunto de funciones que realiza, y
esas funciones, en el caso del ser humano, son las de nacer, alimentarse,
crecer, reproducirse, envejecer y morir[22],
el alma no queda sino “desprovista de sustancialidad, existencia y realidad autónomas”[23].
Según Tomás Calvo, incluso se trataría, por parte de Aristóteles, de “eliminar
el alma manteniendo –eso sí– la palabra «alma» como un mero sinónimo
de la palabra «vida»”[24].
Si se identifica al alma con
lo que Aristóteles entiende por vida (“solemos llamar vida a la autoalimentación,
al crecimiento y al envejecimiento”[25]),
el alma del hombre son sus funciones específicas del hombre; los elementos que
forman al hombre de un modo específico son lo que constituyen “la función a que
están destinados y sirven: la actividad específica del ser humano que
constituye su razón de ser, su finalidad”. Con lo que la finalidad del hombre
es cumplir con su función y viceversa, y el conjunto de las funciones –la
vida– del hombre son su forma específica, esto es, su alma. Con lo que el
alma no, como hemos señalado, no tiene ni substancialidad, ni existencia ni
realidad autónoma: el alma no es substancia que exista de modo real –como
realidad– por sí misma. Es la identificación del alma con la vida (con el
conjunto de funciones propias del ente natural) lo que nos lleva a esta
conclusión. Y por ello, si la vida son estas funciones específicas de un ente
natural, es en el cuerpo del ente natural donde esas funciones se llevan a
cabo: sin un cuerpo que tenga la potencia de realizar esas funciones, no hay
vida. El cuerpo es el posibilitador de la vida, el que hace posible llevar a
cabo las funciones propias de un ente natural.
5. DISTINCIÓN DE ARISTÓTELES
Y LAÍN EN CUANTO A LA CONCEPCIÓN
ALMA/CUERPO
La distinción entre Aristóteles
y Laín Entralgo en referente al pensamiento antropológico, estriba en que éste “niega
el alma como realidad constitutiva del hombre, niega también el concepto de
alma”[26],
mientras que aquél utiliza el concepto de alma, al menos en doble sentido, en
el que uno de ellos es como sinónimo de vida[27],
esto es, como “la capacidad del organismo para vivir”[28],
el alma frente a la vida “aparece como potencia”[29]
. En Aristóteles el alma, en el otro sentido –frente al cuerpo-, “se destaca
como acto”; pero no puede haber alma sino en un cuerpo, y no en otra cosa; por
eso el concepto de alma en Aristóteles no se entiende sin el concepto de
cuerpo, porque no puede haber alma sin cuerpo, aunque sí cuerpo sin alma. En
Aristóteles sí hay un hilemorfismo que no se encuentra en la cuarta y última
etapa del pensamiento de Laín; esta es la diferencia más clara. Pero en
definitiva, los dos atribuyen al cuerpo como, por decirlo así, una realidad «necesaria»;
mientras que para Aristóteles un cuerpo puede tener alma o no, para Laín “sólo
existe el cuerpo”[30]. Discípulos
de Aristóteles llegarán a afirmar que “«no existe el alma», que el alma es algo
«insustancial»”[31].
El alma en Aristóteles es
inseparable del cuerpo, esto es lo más relevante. No existe el alma si no
existe el cuerpo. Esta afirmación encaja en el último Laín Entralgo, quien sólo
da relevancia antropológica al cuerpo: cuando el cuerpo muere, el hombre muere.
Esta misma conclusión encaja con el pensamiento aristotélico, con lo que
podemos decir que es Aristóteles el primer pensador sobre el hombre que da esa
realidad primaria al cuerpo, al menos en tanto en cuanto da la posibilidad de
que exista el alma. Aristóteles se desmarca de su maestro Platón, el cual sí
concebía una clara separación entre el cuerpo y el alma, como acredita el Timeo: el alma cae en un cuerpo, con lo
que se deja implícito una existencia separada entre los dos entes, alma y
cuerpo.
Laín ya no verá el
alma-cuerpo como un “compuesto separable”, sino que negará “el alma como realidad
constitutiva del hombre”[32].
Lo que hemos querido mostrar
es que ya en Aristóteles, antes que en Laín, puede mostrarse cómo el cuerpo se
ve como un ente necesario para la existencia del alma; ésta no es separable de
aquella. No es Laín quien primero rompe el dualismo alma-cuerpo, en el que el
alma queda por un lado y el cuerpo por otro, como entidades separables, sino
que ya es Aristóteles el primero que afirma que el compuesto alma-cuerpo es
inseparable, debido a que el alma no puede encontrarse en otro lugar que no sea
un cuerpo: el alma es la “forma específica de un cuerpo natural que en potencia
tiene vida”[33].
El hombre en Aristóteles es
un compuesto de alma y cuerpo, pero estas entidades son inseparables.
Pero el pensamiento
tradicional en Occidente ha sido influenciado por la concepción antropológica
platónica, de la que Laín se desmarca, que concibe al hombre como compuesto
pero separable de alma y cuerpo. Laín niega el alma como realidad constitutiva
del hombre, niega también el concepto de alma.
Al igual que para Aristóteles,
para Laín “no existe en el hombre un alma separada, sino que es el cuerpo quien
realiza las funciones, que tradicionalmente se atribuían al alma”[34],
pero es primero el Estagirita quien llega a tal conclusión, aunque Laín llegará
a la conclusión de la inexistencia del alma como algo espiritual.
[1] Descartes:
su filosofía en R. Descartes, Discurso
del método, Editorial Diálogo, p.52
[2] Ibíd., p. 53
[3] Ibíd.
[4] Pedro Laín Entralgo, Cuerpo y alma, p. 374
[5] Nelson R. Orringer, La aventura de curar. La antropología médica de Pedro Laín Entralgo,
Círculo de lectores, Barcelona, 1997, p. 147
[6] Pedro Laín Entralgo, El cuerpo humano. Teoría actual, Madrid,
1989, Espasa-Calpe, p. 280
[7] Ibíd., p. 309
[8] Pedro Laín Entralgo, Sobre la persona, 1994, p. 22
[9] Ibíd., p. 323
[10] Agustín Albarracín, Pedro Laín Entralgo, historia de una utopía, Espasa-Calpe, Madrid,
1984, p. 137
[11] De
anima II l, 412b20
[12] Acerca
del alma, Introducción, p. 30
[13] De
anima II l, 412a10
[14] De
anima II l, 412a15
[15] De
anima II l, 412a19
[16] De
anima II l, 412a20-21
[17] Aristóteles, Acerca del alma, Introducción, p. 32
[18] Ibíd.
[19] Aristóteles, Acerca del alma, Introducción, p. 22
[20] Ibíd., p. 23
[21] Ibíd., p. 25
[22] Ibíd., p. 24
[23] Ibíd., p. 29
[24] Ibíd.
[25] De
anima II l, 412a14-15
[26] F. Roger Garzón, El concepto de persona en Pedro Laín Entralgo, p. 90
[27] Aristóteles, Acerca del alma, Introducción (Trad. de Tomás Calvo)
[28] Aristóteles, Acerca del alma, Introducción, p. 30
[29] Aristóteles, Acerca del alma, Introducción, p. 31, nota 15
[30] F. Roger Garzón, El concepto de persona en Pedro Laín Entralgo
[31] Aristóteles, Acerca del alma, Introducción,, p. 32
[32] F. Roger Garzón, El concepto de persona en Pedro Laín Entralgo, p. 90
[33] De
anima II l, 412a20-21
[34] F. Roger Garzón, El concepto de persona en Pedro Laín Entralgo, p. 384